Todo empezó el 23 de septiembre cuando Donald Trump evitó comprometerse con una transición pacífica del poder. Nadie le dio peso o credibilidad. Era impensable que algo así pudiera pasar en la que se jacta de ser la democracia más sólida del mundo. Pero la pesadilla cada vez está más cerca de hacerse realidad.

Es la hora que el presidente de Estados Unidos no ha aceptado su derrota, mientras hace gala de cualquier tipo de maniobra diplomática para entorpecer el camino de Biden. Si las cosas siguen como van, Trump va a terminar agarrado de los muros de la Casa Blanca mientras un contingente militar lo saca. Porque al final no le quedará otro camino que irse. O acepta la derrota y sale con dignidad -algo que cada día agota más- o lo sacan, así sea a rastras, por la puerta de atrás.

Lo peor de todo es que mientras ese día llega, avanza con su estrategia jurídica, impugnando resultados y avivando la llama de un país profundamente dividido. Al fin de cuentas ese es su mayor legado: un Estados Unidos polarizado. Tan polarizado que ya hay grupos paramilitares. Los hay de extrema derecha como los Boogaloo Boys, que salen a las calles armados para proteger a los manifestantes en las marchas pro-Trump. Y los hay de extrema izquierda como Antifa, al que Trump no tardó en señalar y decir que enlistaría como nuevo grupo terrorista.

Pero sigamos con el legado. Ahora hablemos de la economía. Entrega el país con un déficit de 17%, aumentó el gasto público 20%, la inversión extranjera cayó y las cifras de empleo no son de mostrar, por muy golpeada que esté la Unión Americana tras la pandemia.

La guerra comercial con China obedeció más a sus vanidades que a la protección de la industria nacional, porque ahora las empresas importadoras tienen que pagar más aranceles y, como medida recíproca, a las que exportan también les montaron impuestos y trabas. Y bueno, todos dirán que no importa si se trata de un régimen como el chino que tiene cadenas de producción en las que explota a sus trabajadores e incluso incluye mano de obra infantil, y entonces, ¿cómo explicamos el cortejo diplomático que sostenidamente ha tenido con Kim Jong-un? Tres encuentros públicos y cruces de cartas dignas de postales: hablan de “una fuerza mágica”, “charlas increíbles” y “una amistad especial”.

Y así llegamos a la impredecible política exterior, el otro legado de Trump. Porque mientras le dio legitimidad a la dictadura de Corea del Norte, hizo lo que quiso con los países de la región. A los mexicanos los amenazó con el muro, que por fortuna fue un fracaso. A Brasil y Argentina les aumentó los aranceles del acero poniendo en aprietos esa industria. A Puerto Rico quería venderla en medio de la crisis por el huracán María. Y a Colombia la amenazó con la descertificación.

Pero el peor legado de Trump es la transición no pacífica del poder que ya había anticipado. Eso se traduce en la multitud enardecida que cree que hubo un fraude electoral. Y todo por cuenta de su vanidad. Él, que está acostumbrado a hacer lo que quiere y que es de lejos uno de los hombres más ególatras y megalómanos del mundo, tendrá que escribir en la última página de su administración que salió por la puerta de atrás y que queda en la corta e indigna lista de los cinco presidentes, en toda la historia de Estados Unidos, que no lograron la reelección.