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En muchas familias de antes se repetía una frase casi como consigna: “A trabajar va uno con las tripas en la mano”. Decía mucho de una época. Trabajar era cumplir, resistir, aguantar. Había poco espacio para hablar de entusiasmo o salud emocional. Había que responder.
Hoy esa idea ya no alcanza. Y no porque el trabajo haya dejado de exigir. Al contrario: en muchos sectores exige más que nunca. Ya entendimos que una vida laboral sostenible solo es posible cuando el esfuerzo convive con sentido, bienestar y la posibilidad de terminar el día sin sentir que todo quedó emocionalmente arrasado.
La escena es conocida. Alguien llega a su casa, se sienta a comer y sigue mirando el celular. Entra un mensaje a las 9:47 p. m. y nadie sabe bien si responder o sentirse culpable. Al día siguiente hay comité, indicadores, pendientes y otra urgencia. Entonces aparece la pregunta: “¿Será que el problema es este trabajo?”. A veces sí. A veces el problema tiene nombre propio o una cultura de dirección que volvió normal la ansiedad. Pero otras veces conviene mirar hacia adentro y preguntarse qué parte del desasosiego no viene solo de la organización, sino de cómo cada uno vive su trabajo.
Una organización que se toma en serio el bienestar es una organización mejor dirigida. Una cosa es exigir resultados y otra, instalar formas de liderazgo que desgastan o asustan. Por eso la decisión importante no es bajar metas, sino revisar cómo se piden, cómo se acompañan y qué costo humano tiene alcanzarlas.
Ahí empiezan a importar asuntos que a veces parecen menores. Importa si una política de desconexión digital se cumple o si solo vive en una presentación. Importa cómo evalúan los jefes: si la conversación de desempeño orienta y corrige, o si se vuelve intimidante. Importa cómo se recibe a alguien nuevo. Muchas empresas explican la visión de largo plazo, pero dejan al recién llegado solo frente a lo cotidiano: quién decide, cómo fluye la operación, qué se espera. Y eso determina si una persona arranca con confianza o con angustia.
También importa la previsibilidad. En entornos laborales mal gestionados, el comentario más revelador suele ser simple: “¿Y ahora con qué irán a salir?”. Cuando esa frase se vuelve habitual, ya no hay cultura de alto desempeño. Hay fatiga.
Del lado de las personas también hay responsabilidades que nadie puede tercerizar. Elegir con mayor conciencia dónde trabajar ayuda. Entrar a una empresa pensando que todo será “solo mientras tanto” dificulta el vínculo, la adaptación y hasta el compromiso. También hace falta poner distancia frente a las pantallas. No cada mensaje merece irrumpir en la intimidad de la casa. Y atender el dolor físico evita responder con irritación.
Por eso, la serenidad sigue siendo una ventaja competitiva subestimada. Hace falta aceptar que no todo se puede controlar, cuidar los afectos, sostener la razón y encontrar equilibrio entre lo que se es, lo que se hace, lo que se tiene y, para quien así lo vive, lo que se cree.
Trabajar seguirá costando. Pero una buena cultura debería lograr algo esencial: que nadie tenga que ir a trabajar con las tripas en la mano, aunque todos sepamos que el trabajo, bien vivido, también se hace con ellas.
Es preferible un banco central independiente que se equivoque, a uno dependiente que sea el perrito faldero del gobierno de turno
. Muchas pequeñas y medianas empresas operan parcialmente por fuera del sistema: pagan parte de los salarios en efectivo, evitan cargas tributarias o simplemente no se formalizan
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