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miércoles, 24 de marzo de 2021
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Seguramente usted ha escuchado la palabra “mercado”, la ha repetido recurrentemente, pero poco o nada ha profundizado en el tema. Se refiere al mercado como la plaza donde compra los ingredientes para cocinar, o como esas grafiquitas que ponen unos loquillos en pantalla negra con números que se mueven a mil diciendo cómo van las acciones, o también, como con seguridad usted y yo hemos llegado a pensar, asocia el mercado con tres multinacionales gigantes y señores encorbatados.

Algunos dirán que el mercado es un mecanismo de asignación eficiente de recursos, otros que es una vasta red de intercambios, pero en esencia el mercado somos todos.

Vamos por partes. El mercado se compone de oferta y demanda, dos fuerzas que en las escuelas de economía se enseñan como curvas que se interceptan en un punto de equilibrio del plano ubicando precios en el eje “y” y cantidades en el eje “x”. Podemos preguntarnos cómo se pasa del papel a la realidad, de la ecuación igualada a 0 a la dinámica de las relaciones sociales determinadas por incentivos. Porque eso es la economía, una ciencia que estudia el comportamiento humano, el intercambio.

Por un lado, tenemos la oferta. Y la oferta no es más que los productores, es decir, las empresas. Me refiero entonces a las empresas de todos los tamaños, colores y sabores. Es tanto empresario el señor que se levanta a las 5 de la mañana y sale con su carreta de aguacates, como el que monta un taller de motos en el barrio, el dueño de una compraventa o el CEO de una multinacional gigante -que también fue pequeña-.

Ese empresario, de todos los tamaños, como seguramente hemos sido usted y yo -vender gomitas en el colegio es el primer y principal acto de empresarismo que un niño puede manifestar-, tiene tres funciones: generar riqueza, que a su vez tiene un efecto multiplicador en la economía, generar empleo que cambia vidas y genera innovación. Ese empresario está encargado de monitorear qué quiere su cliente y resolverle los problemas. Cómo vender empanadas más ricas, ensamblar mejor las motos o exportar tecnología de punta de manera óptima.

Por otro lado, tenemos la demanda. La demanda es usted cuando decide comprar un zapato verde y no azul, cuando prefiere ahorrar o invertir en una casa.

La demanda, está determinada por las preferencias del consumidor, es decir, los gustos que lo motivan a inclinarse por un bien o servicio. A fin de cuentas, usted como comprador es el mejor juez que puede tener la oferta, los empresarios, que viven pendientes de qué necesidades tiene para satisfacerlas.

Entonces, estimado lector, el mercado no son empresas enormes que acaparan todo, tampoco es exclusivamente un espacio físico en el que se vendan frutas, ni un concepto que solo los académicos entienden. El mercado somos usted y yo, desde que elegimos una cosa y no otra, y desde que emprendemos un negocio hasta que lo cerramos. Es esa red de pequeñas decisiones que muchos agentes toman a diario y cuyo control está por fuera del alcance del más rápido de los computadores o más sabio de los humanos.

El mercado somos todos.