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Analistas 10/08/2026

Y mientras tanto. La Odisea colombiana

María Claudia Lacouture
Presidenta de AmCham Colombia y Aliadas

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El cine ha devuelto a Ulises al centro de la conversación. Mientras se discute la espectacularidad de la nueva adaptación de Christopher Nolan, conviene volver al poema: no es apenas una cadena de pruebas, sino una reflexión sobre el regreso, la memoria, el poder, la familia y la vida en común.

El mayor aprendizaje de La Odisea para Colombia no es que un héroe pueda vencer monstruos. Es que nadie llega a Ítaca solo y que la grandeza comienza cuando una comunidad aprende a gobernar sus impulsos.

Ulises tampoco es un héroe impecable. Es polytropos: ingenioso, adaptable y contradictorio. Sobrevive menos por la fuerza que por su capacidad de leer las circunstancias, y fracasa cuando lo domina el ego: después de escapar del Cíclope, revela su nombre para llevarse el crédito, y esa vanidad provoca la maldición que prolonga su viaje. A veces una victoria mal administrada dura menos que sus consecuencias.

Colombia conoce esa escena. Ganamos discusiones y perdemos la posibilidad de acordar. Convertimos diferencias en afrentas, reformas en pruebas de lealtad e instituciones en trincheras. Nos seduce la pequeña satisfacción de humillar al contrario, aunque el precio sea retrasar el regreso a una casa común.

Las criaturas de Homero ofrecen otros espejos. El Cíclope es fuerza sin ley: un solo ojo, una sola verdad, ningún pacto. Las Sirenas son las promesas fáciles que ofrecen destino sin travesía. Los lotófagos representan la resignación que invita a olvidar. Escila y Caribdis son nuestros falsos dilemas: seguridad o derechos, crecimiento o equidad, Estado o empresa. Los países serios no escogen consignas; navegan complejidades.

Ante las Sirenas, Ulises no confía en su voluntad: pide que lo aten al mástil. El politólogo Jon Elster convirtió esa escena en una lección sobre racionalidad: somos más libres cuando establecemos reglas que nos protegen de nuestros impulsos. En un país, ese mástil es la Constitución, la separación de poderes, la responsabilidad fiscal, la evidencia técnica y el respeto por el adversario. No son estorbos para gobernar; son la manera civilizada de no naufragar.

En el umbral de un nuevo gobierno, la tarea del Ejecutivo es fijar rumbo y convocar, no confundir liderazgo con monopolio de la verdad. Pero la travesía compromete a todos: un Congreso que delibere; jueces que protejan límites y derechos; organismos de control que cuiden la confianza; regiones que ejecuten; empresas que inviertan y creen empleo; academia que ilumine; medios que expliquen más de lo que incendian; ciudadanos que exijan sin renunciar a construir.

También está Penélope. Mientras Ulises enfrenta monstruos, ella sostiene Ítaca tejiendo, destejiendo y ganando tiempo. Es la imagen menos ruidosa y quizá más útil: los países se mantienen por millones de personas que trabajan, cuidan, enseñan, emprenden y cumplen, incluso cuando la épica nacional parece detenida. La perseverancia no siempre hace titulares; a veces abre el negocio a las seis.

Colombia no necesita negar sus tempestades ni fabricar un salvador. Necesita dejar las pequeñeces, acordar una Ítaca posible y entender que la grandeza no consiste en no tener monstruos, sino en no parecernos a ellos. Nuestro verdadero giro sería dejar de esperar a Ulises y reconocernos, por fin, como la tripulación.

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