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Mientras el país discute modelos económicos, polarización ideológica y liderazgos presidenciales como si la elección fuera un debate nacional homogéneo, en la Costa Caribe la conversación está en otra escala: soluciones en servicios públicos, orden urbano, empleo precario, seguridad cotidiana, obras, cumplimiento y empatía social. No es que a la Costa le importen menos las grandes ideas; es que las filtra a través de urgencias más inmediatas. Por eso no se puede asumir que existe un solo idioma electoral para todo el país, cuando en esa región no están procesando esta elección con las mismas prioridades. Las cifras llevan rato advirtiéndolo.
Me concentraré en tres diferencias:
1. Material: Colombia celebró en 2025 una pobreza multidimensional de 9,9%, la más baja de la serie. Pero el Caribe cerró en 17,9%, casi el doble de la Oriental (7,4%) y muy por encima de la Central (9,3%). Y mientras Bogotá bajó 3,2 puntos y Pacífica y Amazonía-Orinoquía 2,1, el Caribe apenas cayó 0,6. El promedio nacional mejora; la Costa sigue cargando una parte desproporcionada del rezago.
2. Educativa: Ahí también se ve por qué el mensaje político no puede ser el mismo. En la Costa, según el Dane para 2025, el analfabetismo llegó a 12,8% y el bajo logro educativo a 42,2%. Son cifras que describen hogares donde la política entra más por la utilidad concreta y la capacidad de resolver que por el discurso. El debate no es poner menos ladrillos, sino garantizar que produzcan capital humano. Si una escuela no tiene servicios básicos, conectividad o calidad, la falla deja de ser física y es institucional.
3. Laboral: En el trimestre móvil diciembre de 2025 a febrero de 2026, la informalidad laboral nacional fue de 55,3%. Pero varias de las ciudades con peores registros están en la Costa: Sincelejo con 68,3%, Valledupar 63,4%, Riohacha 62,2% y Santa Marta 59,5%, mientras Bogotá tuvo 33,8%. Es difícil vender discusiones sobre productividad o confianza inversionista en territorios donde buena parte del electorado vive en la economía del día a día y mide la política por su capacidad de aliviar fragilidades cotidianas.
A eso se suma una señal política que convendría leer mejor. En Santa Marta, un estudio reciente de humor social encontró una ciudadanía atravesada por cansancio, expectativa herida e indecisión: 42,6% no menciona espontáneamente un nombre presidencial. Pero el dato de fondo es otro: allí el voto se mueve por empatía social, soluciones, cercanía, sensibilidad con la gente, orden y resultados visibles, más que por retóricas ideológicas puras. La lección no es simplificar a la Costa como un electorado “emocional”, sino entender que allí la política premia a quien combina reconocimiento, sensibilidad social y promesa de ejecución.
Ahí está el “mientras tanto”: mientras el país discute quién representa mejor un modelo, en la Costa una parte del electorado sigue esperando que le hablen desde su realidad y no desde un libreto importado. Cuando se confunde mensaje nacional con comprensión regional, se pierde el tono y se desaprovecha una ventaja decisiva. La Costa sigue siendo leída como parte de un país homogéneo, y no como una región que procesa la política desde sus necesidades cotidianas, sus brechas históricas y una sensibilidad social propia.
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La historia de estos colombianos es, en muchos sentidos, la historia de miles: formación inicial en el país, desarrollo profesional en el exterior y contribución decisiva a sistemas científicos que no son el propio