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¿Queremos un país de propietarios?

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Siempre me ha intrigado la recurrente aparición de políticas públicas encaminadas a que más familias sean propietarias de su vivienda. Entiendo perfectamente una estrategia gubernamental que busque que la mayor cantidad posible de hogares habite viviendas que le permitan una calidad de vida adecuada. Pero que habiten en viviendas adecuadas es distinto a buscar que sean propietarios de las mismas. Es más, esas dos políticas, dado que los recursos son escasos, pueden ir en contravía. 
 
Más allá de los evidentes réditos políticos ¿está bien focalizada una política que regala 100.000 viviendas? ¿Cuántos hogares más se habrían podido beneficiar si el Estado mantiene la propiedad de esas viviendas y las arrienda con subsidios a esos hogares? Pero aun sin llegar al insostenible extremo del regalo ¿tiene sentido que haya subsidios públicos a la compra de vivienda? De nuevo ¿no habrá destinos de esos recursos que permitan el acceso a la vivienda a más hogares sin necesidad de pasar por facilitar la propiedad de la misma?
 
Pero más allá de si la focalización de recursos para facilitar la propiedad de la vivienda es adecuada o no, hay que pensar en los efectos inesperados de la política pública, en los a veces insospechados daños colaterales de estas decisiones. Y estos pueden ser de primer orden.
 
 Por ejemplo, con los crecientes problemas de movilidad de las grandes ciudades colombianas, la obsesión de volvernos propietarios puede resultar contraproducente. Un hogar arrendatario se ajusta fácilmente a un cambio de la locación laboral; mudar el sector de la ciudad en el que se vive para adaptarse mejor a las necesidades nuevas de movilidad no resulta tan costoso. Sin embargo,  un hogar propietario tiene un anclaje más fuerte y con mayor probabilidad no lo removerá. La política pública que facilita el anclaje podría tener como consecuencia inesperada un agravamiento de la congestión en las vías y un uso adicional de los recursos de transporte. 
 
Blanchflower y Oswald, dos reconocidos profesores de economía, acaban de publicar una investigación con otras consecuencias inesperadas de la propiedad de la vivienda. En particular, alegan que incrementos en la tasa de propiedad de la vivienda en Estados Unidos es seguida unos años después por aumentos en la tasa de desempleo. Doblar la tasa de propietarios viene acompañado en el largo plazo de un incremento de más del doble en la tasa de desempleo. 
 
La investigación intenta también establecer los posibles canales que explicarían el sorprendente vínculo. Los autores muestran que incrementos en las tasas de propiedad de la vivienda vienen acompañadas de tres elementos que podrían terminar en el largo plazo aumentando el desempleo: (i) menores niveles de movilidad laboral; (ii) mayores tiempos de transporte de los habitantes; (iii) menor número de nuevas empresas. 
 
Hace falta más investigación que valide tanto la correlación entre las tasas de propietarios y las de desempleo como los posibles canales que la explicarían. En todo caso los resultados deberían estar en el escritorio de ministros y políticos frecuentemente empeñados en volvernos un país de propietarios. Si esta investigación está en lo correcto, a la vuelta de unos años las 100.000 viviendas gratuitas y los jugosos beneficios de Pipe que ahora algunos aplauden podrían llevarnos al paradójico desenlace de mayores tasas de desocupación estructural en el país. 
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