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Prosperidad de masas

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Edmund Phelps, economista norteamericano y permio Nobel de Economía, publicó hace pocos meses un libro titulado “Mass Flourishing”. Es un entretenido paseo por la historia que nos llevó en los últimos siglos del perenne estancamiento en la calidad de vida de nuestra raza al adviento del progreso económico. No es necesario compartir cada una de sus posiciones sobre cómo llegamos a la economía moderna ni cada una de sus prescripciones sobre qué debemos como sociedad hacer para mantener la dinámica que nos trajo a este puerto, para disfrutar la excursión que nos propone. 

El argumento de Phelps es que el dinamismo económico que nos llevó en un par de siglos de una economía de la subsistencia a una moderna tiene como motor la innovación, la capacidad de los individuos de crear e inventar nuevos productos o servicios, o nuevas maneras de hacerlos o prestarlos. Su preocupación es que la capacidad como sociedad de generar espacios para que esa inventiva se mantenga no la podemos tomar como dada. No es imposible que, contrario a lo que muchos creen, las economías se estanquen, dejen de crecer. De hecho, si no nos aseguramos de que el frágil mecanismo que permite la creatividad funcione, el futuro puede ser uno donde las generaciones futuras no gocen de más prosperidad que las pasadas. 

Las recetas para que eso no suceda son multifacéticas. Arrancan por espacios en nuestro sistema educativo que aumenten las posibilidades de generar individuos creativos y para ilustrar el punto sugiere más Julio Verne o  Conan Doyle (¿y menos Carreño?). Su recomendación es que no debemos permitir el avance de las ideas tradicionales que riñen con esa creatividad. Cada vez que daba argumentos en esa línea no podía dejar de pensar en nuestro Procurador.

Pelea de frente con la política industrial. No solo no cree que el gobierno sepa mejor que los privados qué sectores son más promisorios sino que asegura que además de las ineficiencias en las que incurre un país que gasta recursos impulsando sectores que no necesariamente resultarán buenas apuestas, crea una cultura en la que la innovación es penalizada: esas políticas hacen que los empresarios desvíen su atención a estar bien conectados con el gobierno para extraer rentas en lugar de innovar.

Aboga también por políticas estatales que faciliten la aparición, o mejor el regreso, de instituciones financieras donde el vínculo personal entre el cliente y el banco exista. Sólo de esa manera, dice Phelps, un banco podría financiar un proyecto innovador, una empresa que arranca con una apuesta novedosa. Eso no es posible en bancos cuyos clientes son solo números.

También hace votos por limitar los pagos a los ejecutivos de las grandes empresas, un tema que estuvo muy de moda cuando en medio de la reciente crisis financiera internacional, entidades que recibían ayudas del gobierno de Estados Unidos para evitar su quiebra mantenían bonificaciones a sus ejecutivos. La razón para limitar esos pagos es que usualmente dependen del éxito a corto plazo en los resultados financieros de una firma. Esa visión de corto plazo impide que las empresas se embarquen en proyectos de innovación de largo aliento que podrían dar retornos privados y sociales elevados pero en horizontes de tiempo que superan la visión temporal de esos ejecutivos, aquella que premia las utilidades presentes.

Phelps, finalmente, opina que los sindicatos y las asociaciones de profesionales (por ejemplo las asociaciones médicas) son un obstáculo para el proceso de innovación que nos trajo hasta este próspero puerto del desarrollo, por las  barreras a la entrada a nuevos competidores o jugadores que imponen en el área cuyos intereses defienden. Me recordó los pelos de punta de algunas asociaciones médicas en Colombia cuando el ministro del área propuso ampliar la oferta de especialistas y quitarle el monopolio de su formación a sus actuales dueños. 

twitter: @mahofste

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