Analistas

Realidades torcidas adrede

En el siglo IV antes de Cristo, Sócrates introdujo la mayéutica, un método inductivo para resolver los problemas que se planteaban por medio de preguntas cuya lógica iluminaba el entendimiento. Años después, Platón, discípulo de Sócrates y maestro de Aristóteles, fundó la Academia en la cual Aristóteles fungió como el autor de la lógica, una ciencia formal que estudia los principios de la demostración e inferencia válida que se utiliza acertadamente como técnica de debate para convencer. La competencia propositiva de ideas de los griegos se complicó debido a los sofistas, profesores ambulantes que sostenían que las verdades no eran mejores ni peores, sino mejor argumentadas. Afortunadamente, al día de hoy, la academia ha preservado los principios de Sócrates, Platón y Aristóteles con el fin de desarrollar argumentos constructivamente, creando la base del conocimiento que ha permitido el paso de la humanidad al bienestar por medio de una mejor toma diaria de decisiones.  

Sin embargo, a pesar de la tradición de mantener el imperio de la sensatez y el rigor en círculos académicos, hoy ha surgido un movimiento masivo de sofismo, que, aprovechándose de la desprevención del público, busca con éxito confundir la realidad en pro de sus propias conveniencias. Este desafortunado fenómeno no solo impacta a los que opinan en las redes sociales, sino que se ha tomado la argumentación de otrora rigurosos debatientes políticos, ambientalistas y editorialistas.

En este sentido en Colombia parece increíble, que desde las huestes del poder la discusión sobre el tema de la paz conveniente, se haya voluntariamente limitado a si se debe o no firmar la paz, sin que se permita un debate a fondo de cómo construir una paz sostenible a la que le saquemos el mayor provecho al menor costo. En un argumento de corte claramente sofista, el Gobierno, la bancada oficialista y algunos medios periodísticos han utilizado métodos de polarización entre amigos y enemigos de la paz que impiden ese debate. La oposición, por su lado, ha utilizado estrategias del mismo corte con el fin de desacreditar los avances del proceso, llenando las redes sociales de argumentos a medias que buscan un efecto mediático por encima de un debate que le permita al país evaluar con rigor lo que se está definiendo en La Habana. Las posiciones del Gobierno y la oposición han generado una toma de decisiones deficiente como la que buscaba evitar Aristóteles en la antigua Grecia, con costos inmensos para Colombia en el futuro.

El mismo fenómeno de falta de rigor en el debate público se ha dado en los dilemas ambientales. La desafortunada y sofista salida de la concejal del Partido Verde, Angela Robledo, con respecto a los impedimentos del Secretario de Planeación Andrés Ortiz por poseer una casa en la pseudo Reserva Van der Hammen, recogida de manera irresponsable por la Unidad Investigativa de El Tiempo, se asemeja al reciente escándalo por la extensión de una licencia ambiental para exploración de petróleo a 60 km de la Macarena, en la cual un profesor a punta de sofismas logró ganar un debate ante los técnicos expertos de Ecopetrol, incluyendo a su presidente.

Como colombianos, independientemente de nuestras posturas ideológicas, debemos evitar a toda costa permitirnos culturalmente que el sofismo se salga con la suya como método de argumentación, con el riesgo de que terminemos como el patriarca José Arcadio Buendía, utilizando imanes para extraer oro y creyéndonos el cuento.