Analistas

Propuestas para un nuevo país

En la medida que los candidatos presidenciales se manifiesten con su programa de gobierno, los temas candentes como la aprobación de la JEP y los arrebatos anticorrupción de algunos de los aspirantes a vivir en la Casa de Nariño se irán aplacando para dar paso al modelo de nación que cada uno tiene en su cabeza y, su capacidad para llevarlo a cabo en un entorno complicado.

Y es que el país que entrega el presidente Santos se parece a un nudo de anzuelos. Con la economía desacelerándose y con indicios de recesión, con la necesidad de una reforma tributaria y otra pensional y con un proceso de paz en el purgatorio debido al incumplimiento del Gobierno a un acuerdo incumplible por lo desbalanceado, la nueva administración deberá tener claras sus metas y su manera de lograrlas, para sacar al país del atolladero.

Para empezar, en el corto plazo Colombia necesita de un jalón de confianza que solo se logra saneando las finanzas públicas. Lo complicado es que el camino correcto, es decir, cumplir la función pública siendo eficiente en la ejecución de las labores que corresponden al Estado, requiere un esfuerzo prolongado y enfrentar muchas peleas que, en el entorno actual, pocos lograrían ganar. Por lo tanto, la única e imperfecta manera de sanear las finanzas del país no coincide con lo necesario sino con lo posible,…… disminuir el gasto público a punta de machete e incrementar los ya obesos impuestos que se cargan al aparato productivo.

Desde la óptica de la lucha de clases de Karl Marx, el dilema actual bien podría ser visto como un enfrentamiento entre el gremio de los políticos y sus secuaces y, el de los empresarios y sus empleados. En la medida que los políticos absorban una menor porción del PIB, los integrantes del aparato productivo podrán, o bien, incrementar su productividad y transferirla a los colombianos, o, incrementar sus márgenes. El gobernante elegido deberá hacer lo necesario a nivel de regulación y estímulo de la competencia para que los márgenes se mantengan dentro de sus justas proporciones, otra pelea magnánima pero difícil de ganar.

Como se puede observar, la labor del elegido a la presidencia no será fácil, y solo puede lograrse con un candidato fuerte y tenaz que tenga un apoyo popular significativo a un programa de gobierno que vaya por este camino. Un candidato elegido con compromisos significativos con la clase política, como nuestro actual presidente, seguramente terminará maniatado a las presiones de aquellos que a punta de mermelada impiden que el país de un salto al futuro.

Los candidatos, que de acuerdo con mi opinión deberían ser descartados, son aquellos que como bandera para su campaña enarbolan objetivos asociados a principios universales como la paz, la lucha anticorrupción y la lucha contra la pobreza. Estos, en vez de concentrarse en el cómo se puede lograr cada uno de ellos, se limitan a los vocablos resonantes. El problema que tenemos entre manos no si el candidato es o no enemigo de la paz, o si está de acuerdo con la corrupción, sino cómo, en la práctica, piensa lograr una paz viable y como piensa luchar contra la corrupción. No se trata de enumerar principios sino de tener el apoyo, la inteligencia, el tesón y la disposición de dar las peleas necesarias y ganarlas a favor del interés común y por encima del interés particular.