Analistas

Pobres nuestros vecinos

No son pocos los casos históricos en que la mordaza del poder desequilibra el balance entre los diferentes segmentos de la sociedad. Episodios como el cierre de un congreso desobediente por parte del caudillo Alberto Fujimori en el Perú, la decisión inconstitucional de Nicolás Maduro de tomar control del Tribunal Supremo de Justicia para dejar sin poder de decisión a la Asamblea Nacional controlada por la oposición en Venezuela y las muchas ocasiones en que la milicia ha tomado a la fuerza el control de las instituciones latinoamericanas son consecuencia del mismo hecho fundamental: la falta de involucramiento y de indignación del pueblo ante las acciones de aquellos que detentan el poder.

Los hechos mencionados no pueden achacarse particularmente ni a la izquierda ni a la derecha, conceptos claramente pasados de moda ante una sociedad que lo que busca son dirigentes respetuosos del orden constitucional, ni a los políticos de extracción humilde o privilegiada. Son perpetrados por personajes funestos para quienes sus metas y visión del mundo, independiente de lo justificadas que sean, pasan por encima de las preferencias de su pueblo, y están dispuestos a todo con tal de hacerlas una realidad.

Como buenos políticos, estos caudillos inician alineando los focos de poder tras sus intenciones. Se reúnen con la cúpula militar para conseguir su apoyo, como buenos jugadores de ajedrez alinean a los principales partidos políticos tras sus metas a cambio de prebendas y van poco a poco tomando control del poder judicial para garantizar que sus decisiones no tengan oposición. Los hay que en su falta de fineza sencillamente cierran las instituciones pasando por encima del orden constitucional y otros, más astutos, educados y hábiles, que lo logran por medio del uso al límite de lo legal de los recursos que les da el poder. 

Este fenómeno de caudillismo ha sido ilustrado en múltiples clásicos de la literatura que describen a la perfección la personalidad de estos dirigentes.  Ante la oposición a sus objetivos de parte de grupos económicos, como el grupo Polar en Venezuela, responden incrementándoles los impuestos a los productos que producen, presionándolos por medio de regulación o dándole ventajas a sus competidores por medio de decisiones oficiales. Indefectiblemente controlan los medios de comunicación como herramienta para imponer su versión de los hechos y, si sus obstáculos son partidos políticos opositores, utilizan tácticas de desinformación para desprestigiarlos.

Por lo general estos caudillos, independientemente de que logren sus objetivos, gozan de baja popularidad. El común de la gente puede ver su personalidad egocéntrica detrás de sus intenciones, e identifican que lo que les importa no es lo que le importa a sus dirigidos sino lograr imponer su visión. El poder por el poder mismo los alimenta, llevando a su país a rumbos que su pueblo no comparte.

Los países que siguen este rumbo terminan por lo general con instituciones débiles, una justicia poco operante y parcializada para el beneficio de algunos pocos. Para desgracia de los pueblos así gobernados las implicaciones de la falta de institucionalidad creada por estos caudillos, que fue construida durante años de acople entre los diferentes segmentos de la sociedad, es muy lenta de recuperar e impacta directamente el bienestar de la población en el mediano y el largo plazo. Pobres  nuestros vecinos que se encuentran en esta situación.