Analistas 10/12/2019

El riesgo de contagio

El contagio de las economías ha sido una constante desde que la globalización se instaló en el contexto local. Los ciclos expansivos y recesivos ya no se limitan a sectores específicos de la economía local, sino que influencian otros sectores y traspasan fronteras.

El primer contagio que se evidenció fue el de la crisis en el sector financiero durante la gran depresión de los 30. Algunos bancos, ante su difícil situación de liquidez, incumplieron sus compromisos con otras instituciones financieras que a su vez pasaron a tener el mismo tipo de dificultades. Esta primera etapa de contagio se dio en el mundo financiero, pero seguidamente se sintió en el sector real por falta de recursos de deuda que permitiera su funcionamiento. La economía, como en la crisis hipotecaria de 2008 solo se logró recuperar con una intervención estatal que terminó, por medio de una política monetaria expansiva, tocando el bolsillo del resto de los norteamericanos y más tarde de todos los tenedores de dólares.

La idea misma del contagio implica que un fenómeno que ocurre en un sector o una geografía genera impactos similares en otros sectores o geografías. En Colombia, la crisis política del proceso 8.000 ahuyentó los capitales del país, elevando las tasas de interés y trasladando los problemas al sector de finca raíz y la economía en general.

Diferente al contagio es la materialización de problemáticas similares en diferentes geografías o sectores. En ese caso, las situaciones no se transmiten de país en país o de sector en sector por un efecto causa consecuencia, sino que se presentan situaciones similares por realidades que los cobijan a todos.

La realidad latinoamericana de hoy es de esta segunda naturaleza. La inestabilidad social presente en el subcontinente no tiene un causante similar, lo que hay es una realidad parecida: sociedades en las cuales el crecimiento económico de los últimos años ha sacado a millones de la pobreza. Aunada a la posibilidad actual de los jóvenes de, no solo difundir su opinión, sino de también de crear y exponer al mundo sus propias realidades por medio de las redes sociales, la mejora en la capacidad económica de la población ha permitido que las preocupaciones se transformen en protestas.

El revuelo latinoamericano tiene también como causa situaciones compartidas como la insatisfacción del ciudadano del común por la corrupción y la desigualdad, que necesariamente hay que combatir. Lo que los manifestantes no han logrado comprender es que esa batalla es como enfrentar una guerra de guerrillas, que no hay un enemigo definido como el gobierno, la clase política o la clase empresarial que esté detrás de estos males. Ni la izquierda organizada desde el grupo de Sao Paulo ni los gobiernos de la mayoría de los países (con la excepción de Venezuela) patrocinan estos comportamientos. Al contrario, los corruptos y los causantes de la desigualdad, que en muchos casos son los mismos, funcionan a espaldas de la sociedad, y, en vez de rebelarse contra las instituciones hay es que apoyarlas en su lucha contra ellos.

Para combatir los males que causan la insatisfacción, el camino sigue siendo el democrático. Si fuera necesario buscar una acción que ayude a solucionar estos problemas, esta debería considerar fortalecer y tecnificar la justicia y los cuerpos policiales y acusadores. Lo demás no ayuda.