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El fondo que salió del fondo

Pocas veces las entidades públicas están en condición de competir efectivamente con sus contrapartes privadas. Bien sea por la falta de flexibilidad en su toma de decisiones, dada en parte porque en el sector público además de tomar las decisiones correctas hay que asegurarse que los organismos de control no tengan dudas al respecto, o por la naturaleza política de los nombramientos en posiciones claves, las empresas privadas tienen las de ganar en mercados en competencia.

Las empresas públicas logran subsistir y hacer dinero cuando no están enfrentadas a la competencia, como en caso de las empresas de servicios públicos. Antes de la apertura al sector privado del sector de telecomunicaciones hasta Telecom era rentable, a pesar de las increíbles prerrogativas que obtenían sus empleados. Los platos rotos del monopolio los pagaban los usuarios, que tenían que esperar años para obtener una línea telefónica o tenían que pagar tarifas increíbles para hacer llamadas de larga distancia.

En el pasado, en el sector financiero, el Estado ha participado con entidades como el Banco Central Hipotecario y la Caja Agraria, que se crearon para llevar el crédito a sectores considerados estratégicos como el agro y la vivienda. En múltiples ocasiones, a raíz de la falta de regulación efectiva, responsabilidad que esta sí es claramente del Estado, el gobierno tuvo que intervenir y administrar bancos en peligro de liquidación para blindar a los ahorradores que les confiaron sus dineros. Por este camino pasaron a ser estatales temporalmente bancos como el Banco del Estado, el Banco de Colombia, el Banco del Comercio, Granahorrar y el Banco Cafetero. Sin embargo, la mayoría de ellos fueron privatizados para garantizar su eficiencia después de intervenidos.

Hoy en día el Estado sigue participando en el sector financiero principalmente por medio del Banco Agrario y el Fondo Nacional del Ahorro. La rentabilidad anual sobre el patrimonio de las entidades financieras públicas (8%) es inferior a la de sus homólogas privadas (18%), en gran parte debido a la función social que estas ejercen, que es menos rentable que aquella con ánimo de lucro.

Dentro de las instituciones financieras públicas, una de ellas se destaca por sus mejoras operativas en los últimos dos años. Antes del 2014, trabajar con el Fondo Nacional del Ahorro era una pesadilla para sus clientes. Las demoras en los trámites y los desembolsos hacían que algunos constructores se negaran a aceptar préstamos hipotecarios de la entidad. Los clientes terminaban acudiendo a bancos privados para financiar sus viviendas, a pesar de que estos ofrecen tasas superiores a las del fondo.

El cambio impulsado por el equipo de su presidente, Augusto Posada, para reposicionar al FNA, fue la lucha frontal contra la tramitología, limitando las aprobaciones de crédito de un año a 30 días. Las filas que antes eran de tres horas hoy son de cinco minutos, gracias a una iniciativa de sistematización agresiva. La cartera vencida pasó de 12,62% a 8,56% en los últimos dos años, mientras que las quejas y reclamos de los clientes disminuyeron a la mitad. El sector constructor hoy trabaja de la mano del fondo, considerado como un aliado para que los colombianos puedan hacerse a su primera vivienda. Qué lástima que desde la presidencia del Senado se intente, con argumentos politiqueros, truncar el progreso de esta entidad. Qué bueno que el alto gobierno respalde a la administración actual.