El dilema del glifosato

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El glifosato, herbicida que Monsanto ha comercializado bajo la marca Roundup, no es bueno para la salud, como cualquier otro herbicida o insecticida. Su función principal, como lo indica su nombre, es la de matar las hierbas que afectan una cosecha, sea de maíz o soya diseñada genéticamente para resistir a él.

Nadie, en su sano juicio, puede argumentar que un producto diseñado para matar hierbas pueda ser bueno para la salud, así como no lo es la gasolina, el smog de los buses, el jabón para ropa o cualquier producto de los que abundan y no son diseñados para la ingesta humana. Es más, múltiples estudios sugieren que productos diseñados para el consumo humano como el azúcar, el alcohol y muchos otros son también nocivos para la salud.

La afectación por el uso del glifosato en la aspersión aérea de los cultivos de coca que inundan el país se refleja principalmente en la contaminación de las fuentes de agua. Este tipo de afectación sucede hoy en los cultivos transgénicos que representan 12% de los cultivos mundiales, alrededor de 181 millones de hectáreas, es decir 822 veces el área cultivada de coca en Colombia. Si bien ha habido múltiples estudios a nivel mundial que condenan los cultivos modificados genéticamente por sus posibles consecuencias en la salud humana, la controversia de la conveniencia sobre el uso del glifosato está lejos de estar zanjada.

Sin embargo, el dilema que tiene la Corte Constitucional con respecto a la aspersión aérea con glifosato para eliminar los cultivos ilícitos de coca que afectan nuestro país debe ser planteado de otra manera, esto es, entendiendo que tiene que escoger el menor de los males posible desde un punto de vista pragmático. El primer mal posible es el mencionado de la afección a la salud y el ecosistema por el uso del glifosato, afección sobre la cual, independientemente de la citación de algunos estudios científicos por parte del exministro Gaviria, la permanencia a nivel mundial de los cultivos genéticamente modificados pone en duda su aplicación práctica.

El segundo mal posible es el de la erradicación manual, con la afectación posible a los erradicadores inocentes en el incremento de los cultivos ilícitos, con minas quiebrapatas y la violencia de quienes defienden su sustento ilegal. Por mucho que se desechen los argumentos utilitaristas, no se puede ignorar que la erradicación manual es mucho más costosa y difícil de controlar que la aspersión de glifosato, y que el impacto en el presupuesto de la nación implica que se puedan dar a luz menos programas sociales, por ejemplo, ambientales y en cobertura de salud. ¿Será este un mal menor al de la aspersión con glifosato? Difícil de decir o contradecir.

El tercer mal por considerar es no hacer nada al respecto de los cultivos ilícitos, como ocurrió en la administración anterior. En ese caso el mal causado es el aumento de los cultivos de coca, el incremento en el narcotráfico y de los índices de violencia, la instauración de una cultura de dinero fácil, la persistencia en el delito de desmovilizados de las Farc, sin contar con el dilema poco fácil que tiene que solucionar ahora la Corte Constitucional. Advirtiendo que se habla más por el ejemplo que por medio de intervenciones públicas, ¿será que este fue el mal menor que consideraron el exministro y el expresidente mientras estuvieron en el poder?

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