Analistas

El cuento de la lechera de la paz

En el cuento de la lechera, escrito por Samaniego, una joven va camino al mercado dichosa con su suerte. El dirimir de su mente la ha convencido de que, con los dividendos de la venta del cántaro de leche que lleva, podrá comprar unos huevos, que darán origen a unos pollos que intercambiará por un cerdo que, al venderlo, le dará los recursos para comprar una vaca y un ternero.

Desgraciadamente para Colombia, el cuento de la lechera se parece al proceso de paz. Las promesas de que LA PAZ nos encaminará hacia un país con menos violencia, en el cual las Farc se integran a la sociedad civil como actores políticos después de ser juzgados por sus crímenes, los narcotraficantes abandonan su negocio y las regiones afectadas por el conflicto vuelven a la tranquilidad, pero con prosperidad, se parecen, en este momento, a las divagaciones de la protagonista del cuento.

Los objetivos del Gobierno se parecen a los sueños de la lechera no porque corresponden a una alianza malintencionada de los funcionarios de la Casa de Nariño con las Farc para llevarlos al poder, ni por la actitud de la oposición, ni por la posición de algunos congresistas preocupados por su continuidad en el recinto más que por aprobar una legislación acorde con el reto que enfrenta el país.

El escenario actual se parece al de las empresas de telecomunicaciones a nivel mundial, cuando planearon convertirse en líderes en el desarrollo de aplicaciones para celulares. Si bien la estrategia, como la de la paz, tenía sentido en su intención, dado que quién controla las aplicaciones (como Facebook, Uber, entre otras) controla el entorno digital, los operadores no tenían, ni tienen hoy, la cultura ni la capacidad de asumir el liderazgo en esa tarea. Llevar a buen término sus intenciones, dadas sus características empresariales, era prácticamente imposible, tal como lo demostró el paso del tiempo.

Las promesas con que se impulsó el proceso de paz se encuentran en el espacio del divagar de la lechera, no por estar mal direccionadas, sino sencillamente porque la planeación de su implementación nunca fue realista. Nunca el Estado se preparó, bajo la batuta Santos, para desplegar los campamentos para excombatientes en las zonas veredales, tomar control de las regiones abandonadas por la guerrilla e impedir que el negocio del narcotráfico siguiera alimentando la criminalidad. Ni siquiera la agenda legislativa para la JEP ha podido ser tramitada por los innumerables debates que reflejan la falta de unidad en las huestes del Gobierno. A pesar de que los objetivos como la disminución del homicidio han sido logrados, el caldo de cultivo que se está cocinando en las regiones por la batalla por el negocio del narcotráfico podría dejar al país con una situación peor que la que teníamos antes del proceso de paz.

Desafortunadamente, cuando estos procesos complejos se diseñan con el fin de vender una imagen positiva de los mismos, detrás de la fortaleza de una expresión como LA PAZ y el reconocimiento a la intención de lograrla, pero sin el esfuerzo y la rigurosidad necesarios para llevarlos a buen puerto, empiezan a surgir inconsistencias que, si se ignoran, pueden llevar al traste no solo el estado de derecho, sino la calidad de la vida en sociedad. Ojalá no nos ocurra, como a la lechera, que el cántaro se nos rompa mientras seguimos soñando en lo que nos traerá LA PAZ.

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