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A regular el embarazo

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Marc Eichmann - eichmannm99@yahoo.com

Con sus 8,5 millones de habitantes, Hong Kong tiene una de las densidades poblacionales más altas del mundo. Las estadísticas hablan de una población sana, con la mayor esperanza de vida del mundo para las mujeres, 87 años. Ayuda para esto que sus residentes tienen una personalidad optimista, servicios de salud accesibles, estabilidad financiera y la costumbre de una dieta saludable combinada con ejercicio regular.

Sin embargo, la calidad de vida de un habitante promedio de Hong Kong no es tan color de rosa como la pintan las estadísticas. Debido a la alta cantidad de habitantes, sus ciudadanos están expuestos a precios caros, arriendos altos y salarios bajos, por lo que pocos tienen tiempo para darle importancia a la contaminación ambiental que está entre las más altas del mundo.

El desarrollo de este enclave ejemplifica la trampa en que la especie humana ha caído de acuerdo con Yuval Noah Harari en su libro Sapiens. A medida que la humanidad se ha desarrollado, ha primado el instinto de la raza humana de aumentar su población sobre la mejora de la calidad de vida individual. El primer gran paso hacia la desmejora de las condiciones de vida ocurrió alrededor de 8.500 A.C., cuando la revolución agrícola amarró a sus cultivos a nuestros antepasados cazadores y recolectores y, los puso a trabajar jornadas más largas y agotadoras arando la tierra.

En la revolución industrial de principios del siglo XX, a pesar de que accedimos confiablemente a la electricidad, agua potable y servicios como la salud, los humanos tuvimos que trabajar más y en peores condiciones, con el consabido aumento de la población mundial que pasó de 1,5 a 7,5 billones de habitantes de 1900 a hoy. Con la revolución de la conectividad de hoy muchos trabajamos 24 horas, con exigencias superiores a las de hace 20 años, sin que esto implique que nuestro día a día haya mejorado. El bienestar que la innovación y la ciencia traen a nuestra sociedad no se traducen en mejores condiciones de vida, sino en que, con los recursos limitados del planeta, podamos vivir cinco veces más humanos.

Esto no implica, como lo aseguran los primitivistas, que el desarrollo por medio de la ciencia y la innovación sea indeseable. No hay duda de que la innovación es beneficiosa para la calidad de vida de los individuos. El problema es que, cuando por medio de la ciencia mejoramos las condiciones para la vida, como especie, intuitivamente y a costa suya, priorizamos el crecimiento de la población.

Muchos estudiosos sugieren que la raza humana debe controlar su crecimiento poblacional para garantizar la estabilidad de su entorno, ante el calentamiento global y la extinción de cada vez más especies de flora y de fauna. En China, desde 1979, la política de hijo único modificada en 2015 y apoyada hoy por el 75% de la población, limita a dos los hijos por pareja. A pesar de que tal política aumenta el promedio de edad, con sus consecuencias en los regímenes de pensiones y otros factores sociales, parece que finalmente, en un mundo en el hemos creado inhumanas líneas de producción de animales para nuestra supervivencia, acabando con amplios ecosistemas para cultivos e incrementado los desastres naturales por medio del calentamiento global, será necesario que, en vez de paños de agua tibia, regulemos a nivel mundial nuestro crecimiento como especie para sobrevivir.

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