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A comprometerse

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El costo de enfocarse únicamente en políticas para los menos favorecidos termina siendo alto.

Decía Jean Paul Sartre, el filósofo y escritor francés que rechazó el Premio Nobel de Literatura en 1964, que el compromiso es un acto, no una palabra.

Y si hay algo que requiere compromiso, en estos momentos en que la Patria se encuentra en un equilibrio inestable que puede volcarla en cualquier dirección, es el incipiente bienestar de la mayoría de los colombianos que luchan día a día por alimentar y educar a sus hijos, por hacerse a un hogar estable o por acceder a servicios de salud.

Para empezar, es inevitable mencionar que Colombia tiene el tercer peor índice de desigualdad de Suramérica, delante de Brasil y Bolivia, lo cual genera hoy un resentimiento social que no se puede ignorar y se convierte en un caldo de cultivo para que las sociedades se desenfoquen en el camino a seguir.

Sin embargo, cuando los pueblos se dejan tentar por candidatos que no mantienen el foco en generar riqueza para la sociedad y, enfocan sus propuestas de política pública primordialmente en redistribuirla, este objetivo, absolutamente loable e imprescindible, suele terminar en tragedia en la práctica.

La historia está llena de ejemplos de gobiernos que siguieron por esa línea. La antigua Unión Soviética acabó en un descalabro económico en la que el sufrimiento del pueblo forzó la perestroika de Gorbachov y la transición hacia un régimen enfocado hacia la creación de la riqueza.

Muchos países como China, que iniciaron en un régimen orientado a la redistribución de la riqueza bajo Mao Tse Tung, terminaron volcándose hacia la economía de mercado. Hoy, China tiene hoy el segundo Producto Interno Bruto del planeta, a pesar de que, como consecuencia de su crecimiento, está en el puesto 154 entre 158 países en nivel de desigualdad.

Diferente a los países en vía de desarrollo es el caso de los países desarrollados. En ellos las políticas de redistribución de riqueza tienen sentido porque, el foco histórico en generar valor creando capacidades productivas en la sociedad de varios siglos, les permite hoy que la presión por generar valor adicional sea menos importante que asegurarse que la riqueza se distribuya equilibradamente.

Desgraciadamente, los colombianos no estamos aún en el momento en que históricamente hayamos generado suficiente valor para cambiar el foco, y tenemos que seguir por la misma senda que recorrieron los países desarrollados.

La gran responsabilidad de los académicos, los empresarios y, en general, aquellos que analizan con rigor el resultado histórico de las estrategias de desarrollo del Estado, está en comprometerse a apoyar activamente a quienes tienen un programa de gobierno enfocado a que el país cree riqueza.

Hay que dejar claro en cada foro, en cada conversación, en cada intercambio que, si bien la redistribución de riqueza es importante, las propuestas no rigurosas de los candidatos populistas que ignoran el foco de crear valor terminan en tragedia para el ciudadano del común. Solo es voltear los ojos hacia Venezuela para ver quiénes son los que más están sufriendo con el régimen de Maduro.

Candidatos como Gustavo Petro, Humberto de la Calle y Sergio Fajardo tienen programas de gobierno enfocados hacia la distribución de riqueza, como si los colombianos perteneciéramos a un país desarrollado que puede darse ese lujo. El costo de enfocarse únicamente en estas políticas para los menos favorecidos suele terminar siendo demasiado alto.

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