En la escena más emotiva de la película “Cuestión de Honor”, un drama judicial de Hollywood, Tom Cruise, el fiscal del caso, le pide a Jack Nicholson, un alto oficial involucrado en la muerte de uno de sus hombres, que le diga la verdad.

“¡No puedes manejar la verdad! le grita Nicholson una y otra vez, pero Cruise insiste, hasta que el oficial, finalmente, confiesa su papel en el crimen. Es el momento más dramático de la película y la frase -que no estaba en el guion original, sino que fue improvisada por Nicholson- “¡No puedes manejar la verdad!” se convirtió una de las más celebres de la historia del cine.

Pues ahora parece que el país no puede manejar la verdad. Después de décadas de investigaciones sobre la muerte de Álvaro Gómez, las Farc han afirmado que fueron ellos los autores del crimen y la confesión, que debería servir de catarsis en un universo de crímenes impunes, en vez de servir para pasar la página lo que ha hecho es reabrir las heridas.

Los familiares y la Fiscalía han promovido la hipótesis de que la muerte fue el producto de un complot entre el cartel de Cali y Samper para silenciar a uno de los más agudos críticos del “establecimiento”, término que Gómez había acuñado para describir el contubernio entre políticos, narcos y empresarios.

Hasta el momento, la hipótesis del cartel de Cali parecía plausible, sin embargo, nadie en realidad se tomaba muy en serio la posibilidad de que el expresidente Samper y el doctor Serpa fueran capaces de planear un magnicidio.

El escepticismo sobre la confesión se da en el marco de una operación de descrédito sistemático de las instituciones creadas por el acuerdo final, entre ellas la comisión de la verdad y la JEP. Los sectores de derecha que se oponen a su operación consideran que solo sirven para lavar la reputación de unos criminales, lo cual es una gran paradoja, porque, cuando estos criminales confiesan, es decir se atribuyen la participación en hechos deplorables, sus enemigos no lo creen.

Por eso, en el caso de Álvaro Gómez en particular, no basta con que las Farc afirmen que cometieron el crimen, sino que deben aportar pruebas suficientes para acreditar el acto y la JEP debe asegurarse que esto sea así. (Hasta ahora la única dudosa prueba que tenemos es un facsímil -hecho público, nada mas y nada menos, que por José Obdulio Gaviria- de la supuesta correspondencia de Manuel Marulanda entre 1993 y 1998 donde el máximo líder de esa guerrilla parece confirmar la autoría de asesinato).

Manejar la verdad, como queda claro en la película, es muy difícil. Hay un señor que lleva 18 años en la cárcel pagando una condena de 40 años por el homicidio de Gómez Hurtado. Héctor Paul Flórez es su nombre y siempre ha insistido en su inocencia. Puede que para las grandes fuerzas del poder político en Colombia la confesión de las Farc sea otro punto más de discordia, un motivo más de la rencilla eterna que alimenta los odios y las divisiones, pero para él, por lo menos, sí que es cierto que será la verdad lo que lo hará libre.