Al final ganó Joe Biden. Cuando se acaben de contar los votos y cuando las absurdas demandas promovidas por los calanchines del señor Trump sean desestimadas por las cortes, quedará claro que Biden ganó la presidencia de los Estados Unidos por un número superior de votos electorales a los obtenidos por su contrincante en 2016 y que barrió en el voto popular.

Sería una vergüenza para la democracia más icónica del mundo que esto acabe en una diligencia de lanzamiento del incómodo inquilino de la Casa Blanca, como si fuera uno de esos arrendatarios que, cuando le piden que desocupe el inmueble, agarra a martillazos las incrustaciones de cerámica, se lleva la tubería de cobre y se hace pipí en los tapetes.

Sin embargo, para allá vamos, este es un hombre que, según un reciente artículo en la revista New Yorker, ha sobrevivido un impeachment, dos divorcios, seis quiebras, veintiséis denuncias por acoso sexual y por lo menos 4.000 demandas; es decir que le importará un comino convertir a los Estados Unidos en una república bananera con tal de proteger su delicado, pero elefantiásico ego.

En este periplo hacia el subdesarrollo parece que estará acompañado de buena parte del partido republicano, un partido brutalizado por el presidente de tal manera que se ha vuelto irreconocible. Ni sombra queda del legado de Lincoln, Roosevelt y Reagan, del partido de la aristocracia Wasp de los Bush. Ahora es un sancocho tóxico de harlistas, pastores evangélicos, latinos arribistas, rednecks, católicos rezanderos, millonarios sin conciencia, racistas y oportunistas de toda clase.

Es una lástima porque del lado de Biden, si bien la decencia y la moderación priman, tampoco se puede olvidar que existe una guerra fría con los sectores más radicales del partido demócrata. Razón tenía algún comentarista en afirmar que, si no es por Biden, con sus 77 años a cuestas y por los descaches monumentales de Trump en el manejo del coronavirus, les hubiera quedado imposible a los demócratas ganar la presidencia.

Aunque el señor Sanders y la señorita Ocasio-Cortez puede que caigan bien entre los hipsters de Brooklyn lo cierto es que aterran a la mayoría de los votantes. El caos de las marchas, el ataque a la policía, la anarquía en ciudades como Seattle, la defenestración de monumentos y, en general, la cultura de la cancelación, aquella metodología estalinista de censura a cualquier cosa que no se ajuste a los más estrictos parámetros de lo políticamente correcto, repugnan a mucha gente.

Biden es el centro del centro, o el extremo centro. Tibio, ni caliente ni frío, ni de derecha pura ni de izquierda dura. En estos próximos cuatro años deberá demostrar que tiene la capacidad para crear coaliciones que sirvan para expandir la ley de salud, conservar el medioambiente, contener a China, reformar la ley migratoria y hacer un régimen fiscal más justo. Quienes no vivimos en los Estados Unidos lo estamos observando, su éxito será el nuestro, el del extremo centro. ¡Moderados del mundo uníos!