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La berraquera de los paisas

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Luis Guillermo Vélez Cabrera

El túnel de oriente, aquel que comunica a Medellín con Rionegro y que fue inaugurado con bombos y platillos la semana pasada, tiene 8,2 kilómetros. Los medios de comunicación nos dijeron que era el túnel vehicular más moderno y largo de Suramérica. Se equivocan. Es uno de los túneles más extensos del mundo y uno de los más de largos de toda América.

Su construcción empezó en 2011, fue suspendida durante dos años por argumentos ambientales “pueriles” (palabras acertadas de Duque), se recomenzó en 2014 y culminó en 2019.

¿Por qué esta obra se concluyó en los tiempos y presupuestos planteados y otras obras (túnel de la línea, ALO, vía al Llano, Ruta del Sol, etc., no? ¿Será porqué los paisas son “unos berracos”, como dicen?

No hay nada genéticamente especial en los paisas. Antioquia ha producido lo mejor del país y también unos personajes escabrosos. Tampoco es un tema de “amor a la tierra”. Estoy seguro de que los tolimenses, los santandereanos y los guajiros quieren tanto a su tierra como los habitantes de Copacabana o de Bello. Y no es un tema de normas. En Antioquia rige el mismo Código Civil y la misma Ley 80 que en Bogotá, y la competencia de las asustadurías no termina en Puerto Berrio.

Lo que diferencia a los antioqueños del resto del país es un propósito común, que tiene como filosofía subyacente una convicción sobre las bondades del desarrollo. En palabras sencillas, los paisas todavía creen que la construcción de infraestructura, la explotación de los recursos naturales, la creación de empresa y el intercambio mercantil son las fuentes principales de bienestar social y que son, en últimas, los mecanismos mediante los cuales se abandona la pobreza. El papel del Estado, en esta lógica, es el de fomentar las dinámicas de desarrollo y no entorpecerlas como una mula muerta.

Había una vez en que el resto del país creía en estos valores. Hasta los años 80 gobernar era hacer vías, fomentar empresas, facilitar las relaciones laborales, dirigir el capital hacia la producción y asegurar la estabilidad fiscal. Sin embargo, con el tiempo, los valores del desarrollo colectivo fueron sustituidos por los valores de la reivindicación individual. La política de identidad, hoy tan de moda, sustituye al ciudadano y lo transforma en víctima. Al desmembrar los derechos de las obligaciones, el Estado cesa en su función como promotor de desarrollo y se convierte en receptor de interminables quejas siempre insatisfechas.

Lo anterior explica porqué en Bogotá es más importante la política Lgbti que la construcción de vías de acceso a la capital. O por qué se insiste en conservar potreros deforestados en el norte de la ciudad en vez de habilitar terrenos para construir vivienda asequible. O por qué tienen más derechos las mascotas que los niños, quienes deben compartir los parques infantiles con los jíbaros. Es verdad, los paisas son unos berracos. Los son por resistirse a ser víctimas y creer, aún, que el futuro será lo que construyamos con nuestras propias manos.

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