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Analistas 08/07/2026

Desobediencia incivil

No debería haber sido una sorpresa. El desconocimiento del resultado electoral por parte de Petro y de su candidato era perfectamente predecible. Su compromiso con la democracia siempre fue superficial. Si las urnas les eran favorables, se revestirían de toda la autoridad, pero, si pasaba lo contrario, encontrarían la fórmula para ignorar el veredicto popular.

En 2022 la victoria de la izquierda fue raquítica. Menos de 3% de los votos diferenciaban al ganador del perdedor y, sin embargo, el petrismo asumió el mandato como si fuera un dictamen divino, inmutable e incontrovertible. Hasta anunció el “modo constituyente”, una especie de estadio supraconstitucional derivado de la voluntad del pueblo, que colocaría al mandatario por encima de las incómodas normas de la legalidad burguesa.

Muchos asumieron que la propuesta era un jocoso exceso. Hicieron malabares para convencernos de que no había nada de qué preocuparse con la asamblea constituyente. Que las firmas que estaban recogiendo eran una finta inofensiva. Iván Cepeda, nos decían, era “una bella persona”. Incapaz de matar una mosca.

Ahora que perdieron, volvieron con el juego de palabras. 1% de diferencia les parecía muy poco, aunque fueran 250.000 votos. Primero dijeron que esperarían al escrutinio para reconocer la victoria del contrincante. El preconteo no les servía. Luego, cuando el escrutinio confirmó el resultado, vinieron con el cuento de los votos en el exterior. Como tampoco hubo ninguna irregularidad (no podía haberla: los cónsules son todos nombrados por el mismo presidente), salieron a decir que la candidatura triunfadora era espuria por la doble nacionalidad del candidato. Armaron la de Troya, sin reparar en que el presidente lleva años jactándose de su pasaporte italiano. Sin embargo, todo, en últimas, es un ejercicio de justificación de una decisión ya tomada: lanzarse a lo que han llamado la desobediencia civil. Esto implica, por definición, ignorar el resultado electoral, pero es mucho más que eso.

La ficción les sirve para elaborar una narrativa de victimización que energice a sus bases. La izquierda colombiana revierte siempre a la lumpenización primerliniesca. A la papa bomba y al pedreo. Poco Piketty, mucho Levy Rincón y Lalis. Pasando por la edificación de una gestión idealizada donde Petro repartió millones de hectáreas, acabó la pobreza y rescató al mundo mundial de la devastación ambiental.

Si fuera simplemente otro ejercicio de alucinación colectiva, venga y vaya. Pero la democracia liberal se fundamenta en un reconocimiento mutuo de las reglas del juego.

Algunas veces se gana y otras se pierde. El poder rota entre contradictores dentro de un marco constitucional. Y el poder está fragmentado. Por eso la característica del Estado de derecho contemporáneo es la separación de poderes públicos. Esto obliga a que los cambios sean incrementales y consensuados.

Ignorar intencionalmente la institucionalidad -que no es otra cosa que ignorar la legalidad- pone al país en una muy delicada situación. La última vez que esto ocurrió fue en 1946 y ya sabemos cómo acabaron las cosas.

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