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La independencia del banco central no es un capricho neoliberal. Es una condición para la estabilidad económica y la credibilidad del Estado. En Colombia, esa lección fue aprendida a golpes en las décadas anteriores a 1991. La autonomía del Banco de la República es la respuesta institucional a una situación de desorden monetario que desembocó en una inflación crónica de dos dígitos y en una postración del aparato productivo.
Antes de esa reforma, la política monetaria estaba en manos de la Junta Monetaria, un órgano donde la presencia del Ejecutivo era determinante. Se trataba de una concepción económica donde la moneda era un instrumento subordinado a las urgencias fiscales y políticas del gobierno. Las cifras son elocuentes: entre 1970 y 1990, la inflación anual en Colombia promedió cerca del 23%. No era un fenómeno episódico, sino estructural. La economía colombiana convivía con una inflación alta y persistente, que distorsionaba precios relativos, desincentivaba el ahorro y erosionaba la confianza.
La tentación de financiar el gasto público mediante emisión no es un defecto moral del petrismo, sino un incentivo estructural para cualquier gobierno. Que el ministro de Hacienda tenga el botón para prender la máquina de emitir billetes no es una buena idea. Cuando el banco central carece de independencia, esa tentación deja de ser un riesgo latente para convertirse en una práctica recurrente.
Decir que la inflación es el impuesto más gravoso para los pobres no es un cliché. Los hogares más pobres destinan una parte importante de su ingreso a bienes básicos sensibles a choques inflacionarios como alimentos, transporte y servicios públicos.
Sin mecanismos de indexación o acceso a activos reales, el ingreso real de los menos afortunados se desajusta de manera más abrupta. Con inflación elevada, la pérdida de poder adquisitivo para los pobres es significativamente mayor, profundizando la desigualdad y debilitando la movilidad social.
En Colombia, los resultados de la banca central independiente no fueron inmediatos, pero sí contundentes.
A finales de los años noventa, la inflación comenzó a descender de manera sostenida: pasó de niveles cercanos al 30% a un solo dígito en menos de una década. Desde 2000, el país ha mantenido una inflación promedio en torno al 4-5%. Incluso frente a choques externos significativos, como crisis financieras internacionales o aumentos en los precios de alimentos y energía, la inflación ha mostrado una capacidad de convergencia antes impensable.
Mi padre fue un gran crítico de las políticas del Banco de la República durante la crisis económica de 1999, pero no de su estructura independiente. Un banco central puede equivocarse, como cualquier institución humana. Pero la evidencia comparada sugiere que los errores en contextos de autonomía suelen ser menos persistentes y menos costosos que aquellos derivados de la subordinación política.
En otras palabras, es preferible un banco central independiente que se equivoque, a uno dependiente que sea el perrito faldero del gobierno de turno.
La verdad sea dicha, el Gobierno desperdició un tiempo precioso para tomar las medidas apropiadas para destrabar la ejecución de los proyectos de generación y de transmisión
Hay un punto que el empresariado y la academia deberían leer juntos: la pertinencia. De poco sirve graduar más profesionales si sus credenciales no conversan con un mercado laboral que cambia a otra velocidad
Ecopetrol es la empresa más grande del país y tiene hoy una carga financiera muy elevada. Procede contrastar la acertada gestión de Felipe Bayón con la pésima de Ricardo Roa al frente de la entidad, para entender las consecuencias de la mala gerencia