Que no cunda el pánico

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Decía Ernest Hemingway que la cobardía, a diferencia del pánico, es la incapacidad de suspender el funcionamiento de la imaginación. Y los colombianos durante los últimos meses hemos tenido mucha imaginación.

No es sino escuchar cualquier conversación en los cocteles bogotanos. Una tercera parte de los asistentes está rebuscando perdidos ancestros sefardíes para aplicar a una ley española que le concede la ciudadanía a los descendientes de la diáspora judía. La otra tercera parte le intenta vender a los demás asistentes al coctel cuanto local, finca o apartamento tengan en su poder y la tercera parte restante está paralizada y sin saber qué hacer.

Tal vez es cobardía o quizás un episodio de pánico colectivo, pero en el país hay un mal ambiente. Hay desgano por parte de los empresarios, agresividad creciente entre los políticos, irritación en el gobierno y confusión entre la gente del común. Esto no deja de ser paradójico. Objetivamente hablando el país pasa por su mejor momento en los últimos 40 años. El ciclo de violencia que empezó con la toma de la Embajada de la República Dominicana en 1979 se puede decir que culminó en 2017 con la firma del acuerdo de paz. Durante este período el Estado estuvo acechado por tres amenazas simultáneas que ponían en riesgo su supervivencia: la guerrilla de las Farc, los carteles del narcotráfico y la reacción paramilitar. Si bien hay reductos de guerrilleros disidentes y el ELN se refugia en Venezuela, no existe un ejército insurgente con capacidad de despliegue estratégico a nivel nacional. Los grandes carteles de narcos tampoco existen. Hay, por supuesto, narcotraficantes y los cultivos de coca han crecido mucho en algunas zonas del país. Pero ningún cartel de las drogas amenaza con capturar al Estado, como lo intentó Escobar y los Rodríguez Orejuela. Derrotadas estratégicamente las guerrillas, los paramilitares perdieron cualquier piso político y su desmovilización, aunque incompleta, los redujo al status de bandas criminales; peligrosas sí, pero no irreductibles.

La economía, por su parte, marcha con el nadadito de perro que siempre la ha caracterizado. Eso no está del todo mal. En Estados Unidos, por ejemplo, se tiene un término para esto: el goldilocks economy, o la economía de ricitos de oro, que no está ni muy caliente ni muy fría. Además, todos parecen olvidarse de que el país vivió un profundo shock petrolero en 2014 del cual no nos recuperamos del todo. Podríamos seguir. Nunca en Colombia hemos tenido menos pobres y más clase media. Nunca habían recibido tantos colombianos educación superior. Hoy día todos los colombianos tienen acceso a un sistema de salud con cobertura plena. Se está ejecutando el plan de infraestructura más ambicioso de la historia y nuestro país se reconoce internacionalmente. Esto no es atribuible a un gobierno en particular. Esto es el resultado de políticas públicas desarrolladas durante los últimos 20 años y que el actual gobierno acertadamente está continuando. No es que vayamos al cielo y estemos llorando, pero hemos salido del purgatorio y por lo menos deberíamos tener una sonrisa en la cara.

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