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Analistas 29/03/2022

Evolución lenta, pero real

Luis Fernando Vargas-Alzate
Profesor asociado de la Universidad Eafit

Globalmente, y con base en la Agenda 2030 convertida en referente para todo lo que deba entenderse bajo las lógicas del desarrollo sostenible, los temas de innovación e infraestructura se instalaron en las conversaciones de todos los círculos políticos, administrativos y académicos de hoy. Actualmente es impensable, por ejemplo, un plan de desarrollo de algún territorio que no incluya consideraciones sobre transformaciones relevantes en la materia. Así, las inversiones en infraestructura están en el centro del análisis y deben clarificarse para determinar cómo se avanzará en el empoderamiento de las sociedades que por décadas han sufrido el rezago y la exclusión.

Colombia claramente es materia de análisis cuando estos temas aparecen en las conversaciones. Resulta inadmisible que, con la riqueza del país, apenas al comenzar esta tercera década del siglo XXI la sociedad colombiana empiece a gozar del elemental hecho de tener autopistas. Más inconcebible aún cuando esa riqueza se desglosa y puede ser entendida en términos de recursos naturales, capital, biodiversidad y recurso humano (para no ahondar en otras más). Es decir, el potencial del país suramericano va mucho más allá de simplemente contar con recursos financieros. De ahí que sea una verdadera lástima haber dejado pasar tanto tiempo sin haberle “metido” la ficha a la infraestructura colombiana.

Por fortuna ahora se le puso algo de seriedad al tema, y se comprendió que las inversiones en dicho campo, que involucran amplios temas de transporte, sistemas de riego, plantas generadoras de energía, avance en tecnologías de la información y las comunicaciones, entre otros aspectos, son vitales para cualquier sociedad que aspire incrementar sus niveles de desarrollo, y dar cabida al ejercicio de la sostenibilidad. Ahora son diversos los proyectos en marcha, otros ya entregados (y funcionando), y varios en etapa de diseño, aprobación o adjudicación.

Subirse a un auto y recorrer algunas de las vías 4G que han sido entregadas a lo largo y ancho del país produce una inmensa satisfacción, que se traduce en una sensación de progreso y consolidación de una red de infraestructura apenas ajustada a una nación con el potencial de Colombia. Tal vez no se esté ante un avance vertiginoso, pero es algo constatable.

Ahora se percibe el cambio en la tradicional infraestructura que caracterizó por décadas a la retrasada Colombia. Las trochas, los derrumbes, las excesivas dificultades para mover carga de un lugar a otro, o para movilizar personas entre ciudades, empiezan a desvanecerse. Al contrario, recorrer las novedosas autopistas facilita y dinamiza la comunicación terrestre y ha producido claros impactos en la competitividad, que hasta para los más recalcitrantes críticos del gobierno se hace imposible desconocer.

Durante mucho tiempo se ha planteado que el crecimiento de la productividad y los ingresos financieros, además de las mejoras en temas sensibles como salud y educación requieren de una amplia y constante inversión en infraestructura. Por tanto, además de las autopistas, es menester que se avance también en la construcción de nuevas obras útiles a la sociedad. Para ello debe profundizarse lo que en el país se ha propuesto para sumarle a los logros del desarrollo sostenible en el planeta.

La innovación, que permita avances tecnológicos, es fundamental para alcanzar los objetivos planteados en diversas áreas de trabajo, incluyendo propósitos medioambientales. Mucho se ha dicho que sin tecnología e innovación será imposible la industrialización; y sin industrialización jamás habrá desarrollo. Por tanto, junto con las vías de cuarta generación, hay que aumentar la inversión en alta tecnología, con impacto en la producción manufacturera que permita aumentar su eficiencia. Lo que se percibe es que el país, aunque de manera lenta, sí está evolucionando hacia el nivel que se discute en la Ocde, por ejemplo.

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