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Armados hasta los dientes

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A propósito de las últimas pruebas con misiles (de un relativo corto alcance) adelantadas por el régimen autoritario de Pyongyang una semana atrás, valdría la pena detenerse en una revisión de la evolución del arsenal militar y nuclear que siguen acumulando los Estados que trazaron, como parte de sus estrategias internacionales (no sólo de defensa y persuasión, sino además de disuasión y testimonio de su poder militar), la adquisición, renovación o fortalecimiento de su aparato castrense.

Para ello, puede acudirse a la información contenida en el reporte que publicó recientemente el Instituto de Investigación sobre la Paz Internacional de Estocolmo (Sipri, por sus siglas en inglés). Respaldado en su base de datos sobre el gasto militar global, el Instituto ofrece una publicación útil al análisis sobre el comportamiento de los Estados, en relación con su desempeño en materia de compras militares. Valga anotar que sigue sin superarse la discusión entre considerarle “gasto” o “inversión” a este tipo de transacciones. Al final, lo discutido y expuesto por quien asuma una u otra posición estará amparado en la subjetividad que tracen las circunstancias de cada caso.

De entrada, en relación con el tema armamentístico, la información de mayor impacto tiene que ver con que en estos tiempos de énfasis en la aplicación de procesos relativos a la seguridad humana, el gasto militar (el informe se refiere a gasto en todas sus líneas) mantiene su ascenso y, desde 1998 a la fecha, ha logrado un crecimiento de 76%. Impresiona, por supuesto, que en solo 20 años se haga referencia a este porcentaje de incremento en tal rubro (el reporte es de 2018). Además, solo en relación con 2017, el incremento fue de 2,6%, lo que insólitamente aparece siendo correspondiente con el crecimiento de la economía mundial.

No obstante lo anterior, una realidad que cita el informe es que el peso militar internacional -entendido el gasto militar como porcentaje del producto interno bruto global-, ha mostrado una leve tendencia a la baja, cayendo a 2,1%; algo que no se evidenciaba desde 2014 -año considerado técnicamente el más bajo-, en relación con ese ítem en todo el periodo de la posguerra fría, es decir, desde 1991.

Al obtener una clasificación de las posiciones más determinantes en relación con el dinero que le apuestan al tema militar, la lista es encabezada, una vez más y sin grandes sorpresas, por Estados Unidos, con un gasto de US$649.000 millones, y tal porción de la torta corresponde a 36% del total del gasto militar universal, mientras dicha cifra pertenece a 3,2% de su producto interno bruto. En segundo lugar aparece China, con un gasto de US$250.000 millones, el cual absorbe 14% del total global. Aunque muy lejos de Estados Unidos, lo que impacta no es eso sino la distancia entre estos dos Estados y el tercero de mayor consumo en lo que se relaciona con el poderío militar: Arabia Saudita. Los saudíes ocupan esta posición con un gasto de US$67.600 millones. Por tanto, lo que Estados Unidos está invirtiendo en el tema militar excede la cifra de los árabes en casi 1.000%, hecho que resulta, desde cualquier perspectiva, por fuera de posibilidades de un análisis comparativo.

Posterior a estas tres naciones, el cuarto lugar pasó a ser ocupado en 2018 por India (US$66.500 millones) y el quinto por Francia (US$63.800 millones). Colombia quedó, de acuerdo con tal publicación, en la posición 24, con un gasto militar (inversión, desde la perspectiva de quien escribe) de US$10.600 millones, traducidos en un porcentaje de 3,2 de su PIB.

El puesto ocupado es apenas consecuente con una realidad que apunta a tener uno de los mejores ejércitos convencionales del mundo. Lo que el reporte clarifica es que aún en tiempos en los que se ha puesto al desarrollo sostenible por delante de cualquier discusión, la realidad es que seguimos estando armados hasta los dientes (continúa).

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