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Durante quince años, Liam y Noel Gallagher no se dirigieron la palabra en público. Los hermanos detrás de Oasis, esa banda de Manchester que medio mundo tararea sin saber una palabra de inglés, gracias a canciones como “Wonderwall” o “Champagne Supernova”, protagonizaron una de las rupturas más comentadas del rock británico. Su separación en 2009 parecía definitiva: el ejemplo perfecto de que ni el éxito comercial salva a una sociedad de una mala gobernanza personal.
Por eso sorprendió tanto el anuncio del 27 de agosto de 2024: la banda volvía a los escenarios. La fecha no fue casualidad: dos días antes de que su álbum debut, “Definitely Maybe”, cumpliera treinta años. Quince años de silencio se convirtieron, sin que así se planeara, en la estrategia de escasez más rentable de la música reciente: cuando algo en el rock parece desaparecer por completo, el público no olvida, sino que aguarda con esperanza.
La demanda desbordó cualquier pronóstico. Y ahí llegó el primer tropiezo. Ticketmaster aplicó su sistema de precio dinámico (el mismo mecanismo que dispara las tarifas de Uber en hora pico) a la venta de boletas: entradas anunciadas entre 86,50 y 150 libras terminaron cobrándose por encima de 400. El gobierno del Reino Unido abrió una investigación formal por posible vulneración de derechos del consumidor. Lo que debía ser un regreso triunfal se convirtió, en pocos días, en una crisis de reputación.
Lo interesante no fue el tropiezo. Cualquier organización bajo presión de una demanda desbordada puede cometerlo. Lo interesante fue la respuesta. Para la etapa norteamericana de la gira, Oasis anunció públicamente que renunciaba al precio dinámico. Reconocieron que la tecnología no había podido manejar una demanda sin precedentes y que el resultado había sido inaceptable para sus seguidores. No fue una decisión de mercadeo sino una decisión estratégica de comunicación: la banda eligió proteger, con una disculpa pública, el activo más frágil y valioso que había construido en tres décadas: la confianza de su público.
Esa decisión tiene más valor del que aparenta. No es frecuente que una organización admita, en pleno auge, que algo salió mal, y menos aún que lo corrija en público, sin esperar a que la presión mediática la obligue. Lo habitual es lo contrario: guardar silencio y dejar que la reputación se desgaste sola, con el tiempo, hasta que nadie recuerde bien qué pasó.
Ahora, el 14 de noviembre, Oasis entra al Rock and Roll Hall of Fame, el museo de Cleveland que funciona como el gran certificado de legitimidad del género. Y en esta ocasión esa institución no premia solo la música. Premia también a una marca que sobrevivió tanto a una fractura familiar de quince años como a una crisis de reputación que pudo costarle la confianza construida durante dos décadas.
Tarde o temprano, toda organización enfrenta la tentación de proteger su imagen guardando silencio, en lugar de exponerse a admitir un error. Lo que deja Oasis no es una lección sobre errores. Todas las organizaciones los cometen. Es una lección sobre el tiempo: ¿cuánto puede sostenerse una marca que privilegia el silencio hoy a costa de la confianza que necesitará mañana?
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