MI SELECCIÓN DE NOTICIAS
Noticias personalizadas, de acuerdo a sus temas de interés
En la mitad, justo en la mitad de los dos únicos parqueaderos disponibles acomodó el carro. Era un visitante y quizá eso explicaba su torpeza, que no solo era de cálculo sino de pericia. Demasiadas maniobras para una tarea que con dos o máximo tres movimientos podía quedar bien realizada.
Otro conductor vio la escena mientras las manos le empezaban a sudar agarrando el volante con la misma fuerza con la que evitaba destrozar la tranquilidad de todos los residentes. Pitar no solucionaría nada, pero empeoraría todo. “El rey de la amabilidad”, como lo llamaban todos sus vecinos, sentía su trono amenazado. El humano que era, estaba a un cambio de luces de abdicar.
Aquel conductor forastero ni siquiera entendió el mensaje cuando el monarca de la empatía decidió parquearle enfrente. Atravesó su carro en la estrecha vía. Las direccionales titilaban y en el retrovisor apuntaba con certeza una mirada amenazante exigiendo espacio, pero el insolente al volante apagó el carro y abrió su puerta. El colmo.

El estrés y la hostilidad operan como los aceleradores más potentes del envejecimiento celular y el daño orgánico. Cuando el organismo se mantiene en un estado de alerta por los pequeños agravios del entorno produce una cantidad masiva de radicales libres que destruyen los vasos sanguíneos y aceleran el deterioro de los tejidos de la piel. La hostilidad se traduce en desgaste físico medible. Él lo sabía, pero no dejó de acechar al ladrón de su tranquilidad por el retrovisor. Al parecer ni para bajarse del carro servía.
Lloviznaba y no lo vio poner un pie en tierra. Vio un bastón y después, a un hombre que le sonrió mientras lo saludaba con la mano. El espejo lo llevó a la imagen de su viejo quien antes de morir por un tumor cerebral había tomado el habito de parquear guardando gran espacio a sus lados para asegurarse de no chocar otros carros.
Asumir que las acciones de los desconocidos nacen de la malicia o la desconsideración es el error más común de la convivencia social. Casi nadie conoce las batallas privadas que el resto libra en secreto. Lo sabía tan bien, como que los actos de amabilidad disparan una rafaga química en el torrente sanguíneo que reducen la presión cardiovascular de forma inmediata, entre muchos otros beneficios.
El doctor David R. Hamilton lo sabía porque al salir esa mañana confiado en que encontraría un parqueadero libre trabajaba en su libro sobre como la amabilidad puede aliviar el estrés y llenarnos de felicidad. Lo llamó 'El placer de que todo te importe una mierda'.
La Comisión, como era rutinario, estaba grabando la transmisión de televisión del debate. En un momento apareció un funcionario sin explicación, entró al salón de sesiones, se sentó en una de las sillas de los congresistas y comenzó a ver su celular