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La pregunta actual sobre la inteligencia artificial ha dejado de ser técnica y de basarse en la calidad de las respuestas, para pasar a algo más delicado: la capacidad de la tecnología para actuar por cuenta propia.
Mientras parte del debate público sigue concentrado en los chatbots, el cambio relevante ocurre a otro nivel. La inteligencia artificial está dejando de ser una herramienta reactiva para convertirse en un sistema operativo. Pasamos de modelos que responden a instrucciones a sistemas que ejecutan tareas completas con un grado creciente de autonomía. No solo sugieren qué hacer: hacen.
A esta transición se le llama agentic AI. No porque las máquinas “piensen”, sino porque operan con objetivos. Reciben una tarea, descomponen el problema, deciden una secuencia de acciones, ejecutan, evalúan resultados y ajustan. El humano ya no interviene en cada paso. El humano define la intención inicial, establece límites y supervisa a posteriori. Este cambio tiene implicaciones profundas para las empresas, especialmente para el sector software. Durante décadas, el modelo dominante fue el software como servicio: plataformas estandarizadas, procesos replicables… Hoy, ese modelo empieza a mostrar fisuras. No porque el software haya dejado de ser relevante, sino porque la inteligencia artificial está desarmando su lógica básica.
Cuando la ejecución se vuelve programable y adaptable en tiempo real, el valor deja de estar en soluciones estáticas y se desplaza hacia la capacidad de orquestar procesos completos. Ya no se trata de vender una herramienta, sino de rediseñar cómo fluye el trabajo dentro de la organización. Muchas compañías de software fueron construidas alrededor de tareas específicas (desde DocuSign para contratos, Workday para aprobaciones internas, hasta SAP para cierres financieros). Los agentes empiezan a reemplazar esas tareas de manera transversal.
Vale recordar que las transformaciones más disruptivas no son las que automatizan actividades aisladas, sino las que reconfiguran flujos enteros de trabajo. Eso es exactamente lo que está ocurriendo hoy. La inteligencia artificial agente no es una capa adicional de eficiencia; es una nueva arquitectura organizacional. El impacto ya se refleja en el mercado. La reciente corrección en las acciones de empresas de software no es solo un ajuste de valuaciones ni una reacción exagerada al ciclo tecnológico. Es una señal más estructural. Los inversionistas están empezando a cuestionar qué tan defendibles son los modelos basados en soluciones rígidas cuando la personalización y la ejecución autónoma se vuelven la norma. El software deja de ser un producto terminado y se convierte en un proceso dinámico.
Pero el verdadero desafío es entender que delegar acción no es lo mismo que delegar recomendación. Cuando algo sale mal, la pregunta ya no es técnica, sino institucional: quién responde, cómo se audita, dónde queda la responsabilidad.
Las empresas que salgan fortalecidas en este nuevo escenario no serán las que implementen agentes primero, sino las que entiendan mejor qué decisiones pueden automatizarse y cuáles no. La inteligencia artificial no elimina la necesidad de liderazgo; lo vuelve más exigente. Obliga a diferenciar con claridad entre decisiones técnicas y decisiones que siguen siendo, irreductiblemente, humanas.
En su libro Lidiar con tus viejos hace una catarsis de ese aprendizaje forzoso y necesario. De cómo sigue aprendiendo a despedirse de a poquito de sus padres aunque ellos no de él. Es su forma de revelar que al final cuidar es la única manera de honrar el pasado antes de que el olvido se lo trague todo
Esperamos que, influenciados por la reciente visita de Petro a Trump, se ajusten a la ética y a la moral en todos sus sentidos, basándose en propuestas claras, sin falsedades ni engaños, sin insultos e irrespetos