Hoy les traigo una anécdota personal. Era el año 2003. Hace “solo” 17 años. Por la gracia de iniciar mi vocación de profesor bien temprano, tuve acceso a los intercambios de la lista de correo de docentes de la Universidad de los Andes.

Recuerdo una discusión que se inició cuando un profesor (me reservaré los nombres) manifestó su inconformidad porque algunos miembros de la comunidad fumaban en un cajero situado en uno de los edificios del campus. Otro profesor (doctor en Derecho y Filosofía), respondió indignado: “no tengo palabras para calificar ese excesivo prurito pseudoestadounizante de perseguir a los fumadores como si fueran infractores de la ley, narcos o terroristas. Que (sic) tal alguien diciendo en Europa lo mismo, en la Sorbona o en la Universidad de Barcelona: ¿se imaginan no solo qué le dirian (sic) sino qué le harian (sic)?”

Así fue escrito. Lo que resulta aún más llamativo en retrospectiva es que muchos coincidían con el distinguido profesor, pese a que algunos destacáramos que (yanqui o no) la oposición a que los fumadores nos impongan su humo a los no fumadores es absolutamente legítima.

Esta oposición está ahora ampliamente aceptada en la sociedad. En poco tiempo (basta ver películas de los ochenta), la mayor parte del mundo transitó de uno en donde, muy a lo parisino como le gustaba al profesor, los fumadores prendían sus cigarrillos en aviones, ascensores, baños, salones de clase (ni qué decir de bares y restaurantes) a uno donde nada de esto es posible. Lo aceptan además los mismos fumadores pues saben que si no se restringieran impondrían sobre los demás un costo que ellos no han elegido.

El mundo está lleno de ejemplos donde las decisiones individuales imponen costos sobre otros. Algunos, los toleramos. Otros, logramos controlarlos con una mezcla de regulación, sanciones y normas sociales. En cada caso, discutimos y resolvemos colectivamente cómo sopesar en la balanza el respeto a la libertad individual con la protección del bien común.

Destaco este ejemplo, sacado además a propósito de un entorno típicamente muy “progre”, para enfatizar que en estos dilemas hay límites a las decisiones individuales que antes considerábamos paternalistas y hasta autoritarios y ahora parecen apenas sensatos.

El episodio viene al caso dada la fuerte polémica de hace un par de semanas cuando se propuso una jornada pedagógica de un día sin carne en Bogotá. Lafaurie dijo que no se dejaría “arredrar” de la “mamertería y la izquierda”, y envío una carta a la alcaldesa Claudia López quejándose y citando la importancia de la ganadería para el PIB y el empleo. Lo consideró, incluso, una violación de derechos fundamentales.

Pero no vayamos a los defensores obvios. Escuché varias voces más moderadas y con intereses menos obvios que los de Lafaurie preocupadas por la medida, y en particular por su paternalismo y autoritarismo. Más allá de que el debate se distorsionó porque se dijo equivocadamente que se trataría de una prohibición en lugar de una jornada pedagógica, sospecho que en algunos años estaremos viendo esta polémica como desde hoy leemos al mentado profesor admirador de catalanes y franceses.

Los paralelos son claros. Así como el cigarrillo daña el aire que respiran los demás, el consumo de carne animal daña el medio ambiente del que todos dependemos para subsistir. Así lo indican, por ejemplo, los cálculos del Ideam y Pnud en su inventario nacional de emisión de gases efecto invernadero.

En Colombia, el sector económico que más contribuye con emisiones es el forestal, representando el 36% del total a través de actividades como la conversión de bosque natural en otras tierras forestales, cultivos o pastizales y la remoción de leña y carbono de los suelos de bosques naturales.

Le sigue el agropecuario, responsable de 26% del total. Y en este renglón, el grueso de la emisión está relacionado con la ganadería: la fermentación entérica (simplificando y coloquialmente, el metano de los pedos del ganado), la orina y estiércol de animales en pastoreo y la gestión del estiércol.

Como además parte de la deforestación es para ganadería, la conclusión es que el consumo de carne es una causa importante de la emisión de gases efecto invernadero y, por esa vía, del cambio climático.

Entonces, contrario a quienes afirman que es un asunto privado, es razonable que como con el cigarrillo reconozcamos que el consumo de carne animal es un asunto público. Esto implica pensar en estrategias para producir carne de forma más sostenible y, también, repensar nuestros regímenes alimenticios.

Claro está que el paralelo no es perfecto, pero la principal diferencia actúa en contra del ganado, no del cigarrillo. Si usted se va a fumar lejos de otros sin producir fumadores de “segunda mano”, el asunto es enteramente privado. En cambio, el impacto medioambiental de ese bistec es igual, en un restaurante o a puerta cerrada. No se puede “fumar carne” a solas.