jueves, 9 de julio de 2020

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En su proclama “Por un país al alcance de los niños”, cuando la Misión de Sabios encargada por el presidente César Gaviria entregó su informe en 1993, Gabriel García Márquez pidió “una educación desde la cuna hasta la tumba, inconforme y reflexiva, que nos inspire un nuevo modo de pensar y nos incite a descubrir quiénes somos en una sociedad que se quiera más a sí misma.”

Y para que esta sociedad pudiera quererse más a sí misma, ofrecía unas claves. Entre ellas, reconocer que seguimos siendo en muchos sentidos “la misma sociedad excluyente” de la Colonia.

En estos tiempos, no es difícil reconocer que nuestra sociedad es excluyente hasta la tumba. Al son de la pandemia vemos que las personas y regiones más pobres son las que más tienen que exponerse, y con menos defensas, al virus y a la recesión.

Y que lo es desde la cuna tampoco es difícil de constatar. Como lo mostraron hace ya algunos años Raquel Bernal y Adriana Camacho (en un documento sobre primera infancia, equidad y movilidad social en Colombia) desde tan pronto como los 3 años es posible detectar grandes brechas en desempeño entre niños de hogares más y menos ricos del país.

Y eso que esto lo encontraron con datos de la Encuesta Longitudinal Colombiana de la Universidad de los Andes (Elca), representativa solo de los estratos 1 a 4 (la gente de estratos 5 y 6 difícilmente contesta encuestas).
Con tal desigualdad de oportunidades, los colombianos iniciamos una carrera dispar por explotar nuestras vocaciones y habilidades. Esto hace que los niños rápidamente olviden, nuevamente en palabras de García Márquez, lo que “sin duda saben de nacimiento”: “que la vida sería más larga y feliz si cada quien pudiera trabajar en lo que le gusta, y solo en eso”.

Vidas más cortas e infelices. Y también menos productivas, lo que nos hace perder a todos. Una sociedad segregada y discriminadora (clasista, racista, entre otras istas), no aprovecha los talentos de sus ciudadanos (que se dan por igual en hogares ricos o pobres).

Para EE.UU., un trabajo reciente estima ganancias sustanciales en productividad y crecimiento económico cuando los grupos discriminados superan las barreras que les impiden aprovechar su ventaja comparativa. Aún con la persistencia de profundas desigualdades, los avances de los negros y las mujeres en ese país han mejorado la asignación del talento al punto que explican hasta un 40% del crecimiento americano desde 1960.

Volviendo a las brechas tempranas, estas diferencias entre la aptitud escolar las hereda un sistema educativo tan segregado como la sociedad. El sistema público recibe a los estudiantes de hogares más pobres, mientras que los hogares con más recursos buscan instituciones privadas. Esto, aunque comprensible y lógico en un sistema excluyente, es una trampa que reproduce la desigualdad.

El sistema público tiene entonces un reto doble. No sólo debe mejorar la calidad para cerrar las brechas. Como de entrada recibe estudiantes en desventaja, tendría que ser no igual, sino mejor incluso que las mejores instituciones privadas para borrar las desigualdades de la cuna. Y aún eso puede ser insuficiente.

Primero, porque los efectos de pares (el beneficio para un estudiante de tener mejores compañeros, o el costo de tener peores), multiplican las diferencias entre los entornos favorables donde se encuentran los hijos de hogares más ricos y los desfavorables donde acuden los hijos de hogares más pobres.
Segundo, porque al ocurrir esta segregación desde tan temprano, cuando nuestro cerebro se está formando, hay cambios que son permanentes (irreversibles o, al menos, muy difíciles de cambiar más tarde).

Y tercero, claro, porque en la escuela no sólo se adquieren conocimientos, sino una red de contactos y unos códigos de conducta que, como el capital financiero, sirven para obtener retornos económicos.

La nueva misión de sabios, casi 30 años después del llamado de Gabriel García Márquez, insistió en la importancia de las inversiones en primera infancia. El llamado es pertinente, sin duda. Y conviene pensar en lograrlo yendo más allá, rompiendo con la segregación en la educación que reproduce la que vivimos en la sociedad. De lo contrario, será muy difícil igualar las oportunidades.

Un propósito nada sencillo, pues (una vez más el Nobel): “hemos terminado por ser incrédulos, abstencionistas e ingobernables, y de un individualismo solitario por el que cada uno de nosotros piensa que solo depende de sí mismo”. Y para lograr este cambio, la educación pública debe volverse un verdadero proyecto colectivo.