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Analistas 28/05/2020

El vivo es el bobo en la pandemia

Leopoldo Fergusson
Profesor Asociado, Facultad de Economía, Universidad de los Andes
Analista LR

En Colombia y América Latina, como lo muestra Mauricio García Villegas en 'El orden de la libertad' , hay pocos personajes más admirados que el “vivo”. Ese que aparece desde los cuentos infantiles (con frecuencia un conejo) enseñando que “el vivo vive del bobo”, que “al camarón que se duerme se lo lleva la corriente” y que “no hay que dar papaya”. Claro, y a papaya dada, ¡papaya partida!

Ese personaje, incumplidor de las normas y que busca ganar a costa de los demás, nos ha hecho por supuesto enorme daño. En la sociedad de los vivos es muy difícil unir fuerzas y construir colectivamente: desconfiamos de los demás (que quieren ser más vivos que nosotros) y del Estado (una partida de vivos).

Pésima noticia, porque confiar y ser confiable es crucial para enfrentar la larga convivencia con la pandemia del Covid-19 que nos espera. Las medidas de distanciamiento social con ciertas libertades son imposibles con desconfianza.

Para empezar, el Estado y nuestros gobernantes deben ser confiables.

Ahora más que nunca los ciudadanos necesitamos saber que sus decisiones vienen dictadas, no por la presión de los poderosos que suelen hablarle al oído, sino por la difícil pero necesaria ponderación sobre lo que conviene a la sociedad como un todo, con énfasis en los más vulnerables.

Los líderes deben establecer con transparencia su estrategia de convivencia con el virus, y fijar medidas y metas verificables por la ciudadanía que permitan evaluar si están cumpliendo o no con lo propuesto para una convivencia segura. Por ejemplo, las metas para preparar al sistema de salud a lo largo del territorio, o aquellas para que el transporte público o el comercio sean seguros.

Ayuda, por ejemplo, que en Bogotá nos hayan dicho cuántas UCI se proyectaban, que nos advirtieron el límite tolerable de ocupación en el transporte masivo, y que se haya compartido el modelo epidemológico que guía las decisiones. Hoy, podemos examinar esos criterios y exigir a la alcaldesa más celeridad en el cumplimiento de sus propias metas (Transmilenio está llegando al límite y, aunque no están ocupadas, en las UCI estamos colgados). También se anunciaron, y también estamos colgados, las metas del Ministerio de Salud en UCI y pruebas. Y todavía se puede hacer mucho más a nivel nacional y en muchos territorios, donde en ocasiones ni siquiera tenemos claro frente a qué estándar debemos medir los avances.

Para confiar, en todo momento, debemos saber que el gobierno está diciendo la verdad sobre la crisis. Una encuesta internacional muestra que, en Colombia como en el mundo, cuanto mayor la percepción de que el gobierno dice la verdad con transparencia, mayor la confianza en que está cuidando a sus ciudadanos. No ayuda, por ejemplo, cuando el Ministerio del Interior elude compartir con los medios datos sobre los “municipios no Covid”. Confiar en las autoridades, entre otras, nos protege de caer en las noticias falsas, como la que circuló recientemente sobre cómo las pruebas de Covid buscarían contagiar a los pacientes. Por supuesto, tampoco ayuda que la crisis resulte, como lo sugieren algunos reportes, oportunidad para la corrupción.

Los ciudadanos también debemos ser confiables.

Los gobernantes necesitan confiar en que los ciudadanos cumplirán las medidas impuestas para el manejo de la pandemia. Aunque las sanciones y la vigilancia son necesarias, nunca serán suficientes para garantizar la disciplina. No hay policía posible para verificar que usamos siempre (y correctamente) el tapabocas, cuidamos la distancia física, nos lavamos las manos, reportamos síntomas o riesgos de contagio, etc. Por esto, el comportamiento correcto de personas y empresas debe partir también de una convicción íntima: “es nuestra obligación con la sociedad”.

Finalmente, no solo es que los ciudadanos confiemos en un Estado confiable, y que éste y los líderes confíen en ciudadanos responsables. Es, además y quizás sobre todo, que los ciudadanos confíen entre ellos. Para cuidar la salud, y para que algo de vida renazca, debo confiar en que están siguiendo las recomendaciones para evitar un contagio desbordado los ciudadanos que cruzan mi camino (a distancia), los comerciantes que me atienden, las empresas de buses que me movilizan, entre otros. Cuando podamos interactuar más, aún dentro de “burbujas sociales”, debemos confiar en que somos honestos sobre los riesgos que cada uno ha tomado.

“Cuidándome te cuido” (y viceversa) es un estribillo fácil de repetir. Pero si no se cristaliza, si no creemos en él, pasaremos del cuidado colectivo al “sálvese quien pueda”. Y en ese caso, quien puede salvarse es el coronavirus. Para evitar este desenlace, se necesita por supuesto la acción responsable de cada ciudadano. Pero también políticas activas de cultura ciudadana coordinadas por las autoridades.

Porque en últimas siempre, pero más en tiempos de pandemia, el vivo es el bobo.

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