David Attenborough ha dedicado su vida a explorar el mundo natural y presentárselo a millones de televidentes. Su más reciente libro y documental (“Una vida en nuestro planeta”, A Life on Our Planet) es un testimonio directo y privilegiado de quien, por casi 70 años, ha podido ver de primera mano los cambios dramáticos que ha sufrido el planeta.

Attenborough, inicialmente escéptico sobre el cambio climático, es hoy quizás una de las voces más elocuentes y creíbles que claman por una acción urgente y decidida para combatirlo.

Attenborough inicia su narración en Pripyat, Ucrania. Esta ciudad, que alojaba a cerca de 50.000 habitantes, tuvo que ser evacuada en menos de 48 horas cuando, el 26 de abril de 1986, explotó uno de los reactores de la estación de Chernobyl. La explosión convirtió a Pripyat en un lugar inhabitable, y la catástrofe ambiental producida ha sido tildada por muchos como la más costosa en la historia de la humanidad.

Pero, sustentado en la mejor evidencia científica, A Life on Our Planet muestra que no es así. La catástrofe más costosa para el planeta no es un solo evento. La verdadera tragedia de nuestro tiempo, dice Attenborough, ocurre alrededor de la tierra entera, casi imperceptiblemente día a día. No es consecuencia de una sola mala decisión. Es el resultado directo de la forma como los humanos vivimos.

Esta tragedia es la pérdida acelerada de la biodiversidad. Estamos derrumbando una “finamente sintonizada máquina para soportar la vida” que depende de la diversidad para funcionar bien y sustentar todas las formas de vida en la tierra, incluida nuestra propia existencia.

Como sucedió en Pripyat, esto está ocurriendo por mala planificación y errores humanos. Como allí, producirá un entorno inhabitable, solo que esta vez será el planeta entero.

Entre las múltiples causas humanas del deterioro de la biodiversidad planetaria, el cambio climático se destaca sobre las demás. Hoy hay pocas dudas de que el planeta se está calentando desde mediados del siglo pasado por la intervención del hombre.

El cambio climático acelerado no solo lo vemos en el aumento de la temperatura atmosférica, sino en fenómenos como el calentamiento de los mares, el encogimiento de las capas de hielo en los polos, el desprendimiento de los glaciares, el aumento del nivel del mar, el aumento de eventos climatológicos extremos y la acidificación de los océanos, entre otros.

También hay consenso científico sobre que el efecto invernadero responde a nuestra dependencia en los combustibles fósiles. Nuestras actividades han incrementado el dióxido de carbono en la atmósfera de 280 partes por millón a más de 400 partes por millón en los últimos 150 años.

Frente a esta realidad, en Colombia bien haríamos en mirar el bosque (nunca más pertinente el dicho) y dejar de enfrascarnos en los árboles al abordar algunas discusiones. Una de ellas es la discusión en torno al fracking.

No parece que convenga debatir si los pilotos son pilotos o exploración disfrazada, si los avances de este gobierno son promesa de campaña incumplida o no, si hay forma de hacer fracking con menor impacto ambiental o no, cuando hay hechos científicos ampliamente sustentados que debieran convencernos sobre que más que buscar cómo sacamos más combustibles fósiles de la tierra debiéramos concentrar nuestras energías en sacar menos.

Baste recapitular lo dicho. Nuestra vida en la tierra depende de la biodiversidad. La biodiversidad está colapsando por nuestra forma de vivir en la tierra, que ha producido entre otras cosas el calentamiento global. El calentamiento global, a su turno, solo se puede contrarrestar si reducimos la emisión de gases de invernadero. Y la reducción de esta emisión implica reducir el uso de combustibles fósiles.

A todo lo anterior se suman dos urgencias adicionales. La primera global y la segunda específica a Colombia. La global es que muchas de las puertas que transitamos en el proceso de calentamiento global y degradación ambiental son de una sola vía: una vez extintas las especies, una vez degradados algunos ecosistemas, no los podemos recuperar. La local es que Colombia es uno de los países más biodiversos del mundo. Tenemos esa fortuna, pero con ella una responsabilidad más amplia de proceder con precaución al afectar nuestros ecosistemas.

Alguna vez le escuché a un admirado economista, algo sorprendido porque varios profesores colegas de la facultad de economía de la Universidad de los Andes expresamos nuestra preocupación por la apuesta petrolera del país, el siguiente dicho (y que no me pase lo del Chapulín): “¿Usted sabe cuál es el mejor negocio que hay en el mundo? Un buen negocio petrolero. ¿Y usted sabe cuál es el segundo mejor negocio que hay en el mundo? Un mal negocio petrolero.”

El dicho, que pretendía defender la posición de que hay que apostarle al petróleo porque es muy rentable, refleja para mí más bien algo muy distinto: las enormes externalidades que produce la industria petrolera, que tienen nada menos que el futuro de la humanidad en riesgo, no las paga el supuesto mejor negocio del mundo. El verdadero mejor negocio, haciendo las cuentas completas, es la biodiversidad.