En Delaware las placas vehiculares son números consecutivos y su propiedad es del individuo, no un registro del vehículo. Además, se pueden heredar y transar en el mercado secundario. Las “primeras” y viejas placas son muy codiciadas, si bien sirven exactamente para el mismo propósito (autorizar la operación de un vehículo) que una placa más reciente con un número grande.

Sin embargo, la gente está dispuesta a pagar mucha plata por una placa con un número menor a 10.000 y ni qué decir por alguna de las primeras 100. El precio de estas últimas, que pueden llegar a bordear el medio millón de dólares, supera con creces el valor de los carros que las portan.

El mercado por las placas vehiculares de baja denominación en Delaware ilustra lo que las personas están dispuestas a pagar por el estatus social. Con el consumo “conspicuo” de una placa de solo uno o dos dígitos un propietario no cambia lo que puede hacer o dejar de hacer con su vehículo. Pero sí logra transmitir que su familia es “de Delaware de toda la vida”, o que tiene suficiente riqueza para ese gasto inútil, o ambas cosas.

Por supuesto, el gasto podría no ser del todo inútil. Quizás esa señal es como una inversión que da un retorno económico (¿los tratarán mejor los policías? ¿conseguirán más socios para sus negocios?). No es imposible, pero cuesta creer que el retorno estrictamente financiero justifique semejante gasto. Seguramente, el deseo de señalizar la pertenencia a un grupo social juega un papel y esto es consumo más que inversión. Además, como lo muestra un trabajo reciente, hay saltos grandes en los precios al pasar de placas de uno, a dos, a tres dígitos, como formando “clubes” donde sus miembros presumen, orgullosos, pertenecer.

Pero posiblemente la mejor evidencia del gasto directo en estatus viene de un experimento que hicieron un grupo de economistas en alianza con un banco en Indonesia. Sus hallazgos dejan tres enseñanzas.

Primero, la demanda por tarjetas de crédito “platinum” no es sólo por sus beneficios directos. De hecho, en el experimento se le ofreció a un grupo de clientes una mejora en su tarjeta de crédito con idénticos beneficios a la tarjeta de crédito platinum, pero sin cambiar el color del plástico ni darle ese apellido. A otro grupo se le dio el paquete completo. Si bien los dos grupos demandaron la nueva tarjeta, los segundos lo hicieron más.

Segundo, esa diferencia en demanda refleja que en la compra por bienes de estatus no importa tanto serlo, sino parecerlo. Con datos del tipo de transacciones, los investigadores encontraron que los clientes de la tarjeta platinum la usan sobre todo en situaciones sociales visibles (por ejemplo, cenando en restaurantes, bares y discotecas). Es más, lo hacen a un costo pues dejan de usar otras tarjetas con descuentos en esos establecimientos.

Tercero, esto es una verdadera carrera por enviar señales de estatus. El banco invitó a un grupo de clientes a una nueva y mejor tarjeta “diamante” con idénticas características que la tarjeta platinum. A otro grupo le extendió la misma invitación, pero le aclaró que el límite de ingresos para acceder a la platinum se había reducido. El resultado: el segundo grupo aceptó la invitación en una mayor proporción, confirmando que parte de lo que compran los clientes es intentar diferenciarse de clientes de menor ingreso.

Como si todo lo anterior fuera poco para la reflexión, el resultado más inquietante viene de un experimento complementario incluido en el estudio. Los investigadores reclutaron, aparte, a unos voluntarios e invitaron a algunos de ellos a completar una tarea sencilla: repasar un momento en su vida que los haya hecho sentir orgullosos de sí mismos. Con solo esa reafirmación de su autoestima lograron reducir la demanda por bienes de lujo de este grupo, en comparación con otros que no habían hecho el ejercicio.

Es decir, los chicaneros platinum son en últimas personas con baja autoestima, y el consumo de la placa de un dígito o la tarjeta diamante es, en parte, su narcótico para tratarla.

Se acaba un año pandémico que ha exacerbado las desigualdades en el mundo y en Colombia especialmente. Y aunque nunca he sido bueno para las reflexiones navideñas, es imposible ignorar que esta columna aparecerá el 24 de diciembre. Así que con el riesgo de aconsejar a quien no me lo ha pedido, si usted tiene la posibilidad de celebrar en medio de la abundancia, no estaría mal pensar en un momento de su vida que lo haga sentirse orgulloso de usted mismo, ahorrar ese gasto lujoso, y destinarlo al apoyo de tantos que la están pasando mal.