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ANALISTAS 20/06/2026

El 22 de junio comienza el verdadero reto

Laura Valdivieso
Presidenta Asocolflores

La polarización no es el principal desafío de Colombia. El verdadero reto es reconstruir la confianza para que juntos -instituciones, empresas y ciudadanos- podamos construir el futuro del país.

Hemos normalizado una forma de relacionarnos marcada por la desconfianza. La diferencia de opinión se ha convertido en confrontación; el desacuerdo, en barrera para trabajar conjuntamente; y la conversación pública, en un escenario de fractura en el que cada vez resulta más difícil hallar puntos de encuentro.

Esta realidad no es exclusiva de Colombia. Es global. La pandemia, la incertidumbre económica, la desigualdad, las tensiones geopolíticas, la desinformación y la influencia de los algoritmos en nuestra forma de informarnos han erosionado la confianza y profundizado las divisiones dentro de las sociedades.

El Edelman Trust Barometer 2026 advierte que hemos pasado de una “crisis de agravio” a una “crisis de aislamiento”. Ya no se trata solamente de ciudadanos inconformes con sus gobiernos o instituciones. Las personas desconfían cada vez más de quienes piensan diferente y buscan refugio en círculos que confirman sus propias creencias.

Las consecuencias son más que políticas. Cuando la confianza se debilita, las sociedades pierden capacidad para cooperar, innovar y construir consensos. La polarización deja de ser ideológica para convertirse en un obstáculo para el crecimiento económico, la productividad, la inversión y el progreso social. Ningún país puede resolver sus grandes desafíos si sus ciudadanos no trabajan alrededor de objetivos comunes.

El costo de no reconstruir la confianza es enorme. Una sociedad fragmentada toma peores decisiones, enfrenta mayores dificultades para ejecutar reformas, atrae menos inversión y encuentra más obstáculos para generar oportunidades para sus ciudadanos. La desconfianza deteriora el tejido social y limita el potencial de desarrollo de una nación.

El sector empresarial no es ajeno a esta realidad ni puede permanecer como observador. Las empresas están llamadas a convertirse en espacios donde la confianza se reconstruye todos los días a través del respeto, la colaboración y los objetivos compartidos.

Mientras la confianza en gobiernos, medios de comunicación y otras instituciones se ha debilitado, las empresas y sus líderes conservan niveles relativamente altos de credibilidad. Así las cosas, el sector productivo es un activo capaz de tender puentes en una sociedad fragmentada.

En nuestro país, los datos muestran que esta responsabilidad no es menor. Según el Edelman Trust Barometer 2026, hoy los colombianos confían más en las empresas y en sus líderes que en muchas otras instituciones.

Esta realidad implica una enorme responsabilidad. La sociedad no solo está depositando confianza en las empresas; también les otorga la posibilidad, y el deber, de contribuir a reconstruir la cohesión social. El liderazgo empresarial del siglo XXI no puede limitarse a generar resultados económicos y debe ayudar a crear entornos donde visiones distintas dialoguen, colaboren y construyan.

Por eso, el empresariado debe alzar la voz con firmeza, pero sobre todo actuar. Debe convertirse en un constructor de confianza. Debe promover espacios de encuentro, defender la transparencia, fortalecer las libertades y demostrar que es posible trabajar conjuntamente incluso en medio de las diferencias.

En el escenario global, la confianza sigue siendo el activo más valioso. Los mercados construyen relaciones de largo plazo con países, sectores y organizaciones capaces de ofrecer estabilidad, cumplimiento y credibilidad.

La diplomacia comercial cumple un papel fundamental en ese proceso. No se trata únicamente de abrir mercados o promover exportaciones. Se trata de construir relaciones duraderas, confiables y respetuosas, con efectos en la inversión, el empleo y las oportunidades de millones de colombianos.

Nuestra floricultura es muestra de ello. Durante más de seis décadas ha construido relaciones con compradores en más de 100 países porque trabajadores y empresas entendieron que la reputación no es un discurso: es un activo que se gana con esfuerzo, credibilidad y cumplimiento.

Hoy, esa misma confianza que proyectamos hacia el exterior debe guiarnos dentro de nuestras fronteras. Debemos entender que la responsabilidad no recae en un solo actor, sino en la interacción transparente entre el Estado, sus instituciones, los ciudadanos y un sector privado comprometido con el país.

Al día siguiente de su segunda vuelta presidencial, Colombia tendrá una oportunidad que trasciende cualquier resultado electoral. Lo que ocurra después dependerá de nuestra capacidad para reencontrarnos alrededor de un propósito común.

Nuestros empresarios tendrán un papel determinante en ese desafío. Sé que estarán a la altura de esa responsabilidad histórica. Porque el futuro de Colombia no se construirá desde la uniformidad de pensamiento, sino desde la capacidad de confiar, cooperar y avanzar juntos a pesar de las diferencias.

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