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Virus, información y democracia

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Julián Arévalo Decano, Facultad de Economía, Universidad Externado de Colombia

Desde el inicio de la pandemia la situación era previsible: la propagación del coronavirus es una oportunidad para el fortalecimiento de algunos estados en detrimento de las libertades individuales y, por ese camino, se convierte en una amenaza a la democracia. Así lo señalaron varios analistas. Hoy, luego de varias semanas de cuarentena, con experiencias en diferentes latitudes y con las presiones económicas propias de cada contexto, es hora de adoptar acciones decididas para evitar que la democracia llegue a puntos de los que sea difícil regresar.

Las medidas tomadas por los gobiernos en situaciones como la actual se prestan para abusos de poder y prácticas antidemocráticas, algo de lo que ya hay evidencia. En Hungría, India o Israel, la pandemia ha servido para adelantar iniciativas muy cuestionables ante una población sin capacidad de respuesta. El virus también ha obligado a apagar las manifestaciones de inconformismo social que se propagaron por el mundo durante el año pasado y a abandonar las agendas que de allí surgían; por cierto, ¿en qué quedaron los resultados de la llamada Conversación Nacional en Colombia?

Las múltiples expresiones democráticas ceden espacio a las acciones orientadas a atender la crisis, lo cual reduce el alcance de uno de los elementos esenciales del Estado moderno democrático liberal: la rendición de cuentas.

A esto se suman las consabidas presiones para la apertura de diferentes sectores productivos, especialmente en aquellos países donde la respuesta del Estado a nivel económico ha sido tardía y/o insuficiente. Colombia, por ejemplo, con un porcentaje del PIB destinado a atender la crisis muy inferior al de otros países de la región y una serie de medidas económicas que llegaron demasiado tarde, es un caso muy diciente de esto. No sorprende, entonces, la urgencia de abrir múltiples sectores a pesar de la ausencia de evidencia de mejores condiciones para atender la situación sanitaria.

Por esto, ante las preocupaciones por el contagio, ahora que más gente debe salir a las calles, se plantea como una de las respuestas el poder de las aplicaciones en dispositivos móviles, que en teoría ayudarían a hacer un mejor seguimiento al virus y adoptar medidas para controlarlo. Sin embargo, esto va atado a la entrega de datos personales, lo cual preocupa en sociedades que, como se ha visto, no se caracterizan precisamente por el respeto a la información privada.

Parte de la comunidad científica y sectores defensores de la democracia han llamado la atención acerca de la verdadera efectividad de estas herramientas en la lucha contra el contagio, así como en relación con el uso indebido que los Estados pueden hacer con la información obtenida, en ausencia de mecanismos de monitoreo permanente a su uso. Una inadecuada intromisión del Estado en la vida privada de los individuos socava elementos esenciales de la vida en democracia.

Tal vez de la mano de las apuestas en tecnología y los mecanismos para ponerle control, algunos gobiernos deberían ser mucho más agresivos en adoptar medidas económicas que garanticen el bienestar de la población, sin tener que exponerla a un creciente riesgo de contagio y con eso justificar la erosión de libertades individuales.

Mientras el debate sigue de manera incorrecta poniendo la salud y la economía en la balanza, la democracia se convierte cada vez más en otra potencial víctima del virus.

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