Guerra comercial

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La historia reciente en la confrontación entre Estados Unidos y China es bien conocida: una serie de ataques y retaliaciones en materia comercial, con acusaciones mutuas de incumplimiento de acuerdos y un progresivo deterioro de la relación binacional. A pesar de la afirmación de Donald Trump de que “una guerra comercial se puede ganar fácilmente”, son muchos los sectores que cada vez más sufren las decisiones de este enfrentamiento, así como pocas las razones para esperar una salida exitosa.

La confrontación ha pasado del ámbito comercial a una lucha por la hegemonía del mercado tecnológico mundial y con claros visos de disputa política. La incertidumbre generada ha afectado la confianza de consumidores e inversores a lo largo del mundo, lo que se ha manifestado recientemente en el comportamiento de varias de las principales bolsas de valores. De hecho, esta semana la Ocde revisó el pronóstico de crecimiento de la economía mundial en 2019, el cual fue ajustado 0,3% a la baja.

Resulta interesante la coincidencia de múltiples estudios que señalan entre los principales afectados por esta confrontación comercial a los consumidores y empresas de los Estados Unidos, cuya economía crecería un 0,8% por debajo de lo que alcanzaría en ausencia de dicha confrontación, y con pérdidas a largo plazo que podrían ser mucho mayores.

Las próximas citas bilaterales tienen el potencial de calmar este ambiente en caso de que las negociaciones entre Estados Unidos y China lleguen a buen puerto y se alcance un acuerdo de desescalamiento. Tal acuerdo debería permitir, por un lado, garantizar unas reglas claras del juego en el plano tecnológico, que eviten el robo de propiedad intelectual y el espionaje y, por el otro, certezas respecto al papel de las empresas chinas que son propiedad del Estado, al tiempo que se posibiliten las apuestas por el desarrollo del gigante asiático en estas áreas del conocimiento.

Sin embargo, el récord de Trump en negociaciones recientes, ya sean estas con Irán, Rusia o Corea del Norte - por no hablar de sus desaciertos en la política doméstica - obliga a adoptar expectativas muy moderadas frente a lo que podrían generar dichas negociaciones. De manera específica, a nivel comercial, sus decisiones frente a la Alianza Transpacífico, Nafta, la Unión Europea y Japón le imposibilitan contar con un bloque suficientemente fuerte que logre presionar a China hacia un acuerdo que cumpla con las expectativas generadas.

Es difícil en este contexto pensar en el logro de un resultado que beneficie a las partes, más aún si se tiene en cuenta el escenario electoral en el que se embarca la política de Estados Unidos y el papel en este del discurso nacionalista y la retórica altisonante trumpiana frente a las prácticas comerciales de China.

Pero justamente la necesidad de mostrar resultados ante ese electorado puede llevar a que este sea solo un caso más de la fórmula varias veces puesta en práctica por Trump: 1. cuestionar una situación de manera vehemente, 2. deteriorar gravemente la situación de las partes, y 3. forzar el logro de un nuevo acuerdo, usualmente de calidad inferior a lo existente originalmente, pero que le permita seguir cultivando el mito de ser un gran negociador.

Una fórmula con la que en principio todos pierden pero que, paradójicamente, sigue brindando réditos políticos.

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