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Analistas 12/06/2026

¿Por qué tardamos en humanizar el libre mercado?

Alejandro Moreno-Salamanca
Profesor en IESE Business School
Alejandro Moreno-Salamanca

En medio de la creciente polarización política que vive el mundo, muchos ciudadanos observan con preocupación el rumbo que podría tomar su país en los próximos años. Quienes defendemos la libertad, la iniciativa privada y el libre mercado vemos con inquietud cómo una parte importante de nuestros familiares, amigos y conocidos considera apoyar propuestas que prometen una sociedad más justa mediante una mayor intervención estatal y esquemas asistencialistas.

Es legítimo preguntarse por qué ocurre esto. ¿Por qué personas que han tenido acceso a educación, oportunidades de desarrollo y libertad económica terminan respaldando modelos que cuestionan precisamente esos principios? Tal vez la respuesta no esté únicamente en la política. Tal vez debamos mirarnos también a nosotros mismos.

La libertad sigue siendo, sin duda, uno de los pilares fundamentales de la dignidad humana. Las sociedades más libres han sido también las más innovadoras, las que mayores avances científicos, tecnológicos y sociales han generado para la humanidad. Defender el libre mercado continúa siendo una causa justa y necesaria.

Sin embargo, defenderlo no debería impedirnos reconocer que el modelo económico actual necesita evolucionar. Si observamos la historia, nos sorprende que generaciones anteriores no lucharan con mayor determinación por derechos que hoy consideramos evidentes, como el voto femenino o el acceso universal a la educación superior. Quizá dentro de cien años nuestros descendientes se pregunten por qué nosotros no impulsamos con más fuerza una versión más humana e inclusiva del capitalismo.

La reflexión no es nueva. Charles Handy, cofundador de la London Business School, planteó una pregunta provocadora: ¿hasta qué punto tiene sentido hablar de “propietarios” de empresas cuando las organizaciones son, ante todo, comunidades humanas? Pero es cierto: una cosa es ser dueño de los activos físicos de una compañía; otra muy distinta es considerarse dueño de las personas que la integran.

Y es precisamente allí donde se encuentra uno de los desafíos más importantes para el liderazgo empresarial contemporáneo. La empresa es prácticamente la única institución intermedia de la sociedad que todavía tiene propietarios identificables. Nadie se considera dueño de su familia por ser cabeza de hogar, ni dueño de una ciudad por ejercer la alcaldía. Sin embargo, aún existen organizaciones donde las relaciones laborales siguen marcadas por una visión excesivamente jerárquica y patrimonialista.

El trabajo debería ser una oportunidad de crecimiento, realización y desarrollo personal. No obstante, todavía existen millones de personas que desempeñan labores en condiciones que difícilmente podrían calificarse como dignas, ya sea por la insuficiencia de sus ingresos, por el entorno en que trabajan o por el trato que reciben de quienes ejercen autoridad.

Como empresarios y directivos, conviene recordar una verdad incómoda: el mérito importa, pero no lo explica todo. Muchos de quienes hemos alcanzado posiciones de liderazgo lo hemos hecho gracias al esfuerzo, la disciplina y la perseverancia, pero también gracias a circunstancias favorables que no elegimos: una familia estable, acceso a educación de calidad, buena salud, alimentación adecuada o entornos que facilitaron nuestro desarrollo. Reconocer esta realidad no disminuye nuestros logros; por el contrario, amplía nuestra responsabilidad.

Si queremos que la libertad prevalezca en el mundo, debemos demostrar que es capaz de generar prosperidad compartida y oportunidades reales para todos. Un país no se juega únicamente en las urnas. También se juega en cada empresa, en cada decisión de contratación, en cada política salarial y en cada acto de liderazgo.

La paz duradera no es fruto de la ausencia de conflictos, sino del avance de la justicia. Y quienes hemos recibido más oportunidades estamos llamados a hacer más para construirla. El mundo anhela y necesita libertad, pero necesita, sobre todo, una libertad profundamente humana: la libertad de quien, con tenacidad, escoge el bien consciente del dolor de su hermano necesitado.

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