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Analistas 12/11/2021

Educación superior

Julián Arévalo
Decano, Facultad de Economía, Universidad Externado de Colombia

Ante el volumen creciente de literatura sobre los efectos de la pandemia en la educación superior, hace algunos meses la Comisión Europea presentó un reporte de los principales hallazgos de múltiples estudios a lo largo del mundo. Varias de las recomendaciones resultan pertinentes en contextos como el nuestro.

Primero, se destaca la respuesta rápida y positiva de los planteles educativos en la transición a las clases remotas. Sin embargo, los estudiantes en general perciben que estas se tradujeron en un incremento en la carga de trabajo y un deterioro en su desempeño académico, acompañado de afectaciones en su bienestar sicológico y emocional, así como sentimientos de aburrimiento, ansiedad, frustración y rabia. El mejoramiento académico - por ejemplo, de cara al mercado laboral - requiere abordar de manera prioritaria estos aspectos de la vida de muchos estudiantes.

Adicionalmente, a medida que la emergencia va dando paso a condiciones más estables, la literatura enfatiza la necesidad de distinguir entre ‘educación remota’ y ‘aprendizaje en línea’ (donde la primera no incluye la adaptación de contenidos y metodologías), especialmente al considerar modelos híbridos presencial/virtual. Estos procesos deben estar orientados a traer lo mejor de ambos mundos y evitar el desgaste de algunas herramientas ampliamente usadas hasta ahora.

Un segundo aspecto a tener en cuenta es la dimensión social de la educación, entendida como la creación de ambientes incluyentes que promuevan la equidad y la diversidad según las necesidades de cada comunidad. Aquellos estudiantes que pertenecen a minorías étnicas o raciales, al igual que quienes enfrentan condiciones socio económicas más adversas, han sufrido mayores afectaciones en su desempeño académico, y son más propensos a enfrentar problemas de salud mental.

Esto podría exacerbar las desigualdades en el acceso a la educación y traducirse en una caída en la participación de los menos favorecidos. Por tanto, la atención especial a poblaciones vulnerables debe tomar cada vez más relevancia en esta época.

El tercer tema a considerar es la movilidad internacional. Los requisitos de viaje, así como las condiciones menos atractivas en los países de destino - por ejemplo, debido a las cuarentenas y el aislamiento - han impactado de manera notable la movilidad estudiantil, así como la colaboración académica transfronteriza.

Frente a este tema será necesario combinar un mayor esfuerzo de los gobiernos, para facilitar la movilidad, con un acompañamiento especial a los estudiantes que salen a otros países, y a aquellos que ingresan desde el exterior. Esto permitirá evitar que se pierdan las oportunidades académicas, sociales y culturales que ofrece el flujo internacional de estudiantes.

Por último, resulta fundamental capitalizar las lecciones positivas de este tiempo. Entre ellas se destaca la capacidad de las instituciones educativas de conformar y fortalecer redes de trabajo y desarrollar iniciativas conjuntas a través de las cuales se facilite el intercambio de experiencias y aprendizajes.

La puesta en marcha de acciones como estas tiene el potencial de corregir las afectaciones que la pandemia ha tenido sobre la educación superior, hacer que esta cumpla su función social y sentar las bases para afrontar los retos de nuestras sociedades. La tarea apenas comienza.