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Cuatro minutos

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Julián Arévalo

Cuatro minutos, lo que tomó la alocución del presidente Iván Duque tras las manifestaciones masivas del 21 de noviembre en toda Colombia, bastaron para evidenciar la profunda desconexión del Gobierno con la ciudadanía. Lo que muchos consideraron como una oportunidad para tender puentes, llamar al diálogo y empezar a generar consensos, terminó ser otra salida en falso del mandatario, en un momento en que cada vez se hace más notoria la falta de un verdadero liderazgo en el país.

“Como presidente de todos los colombianos quiero hablarles sobre los sucesos de este día”, dijo Duque al iniciar su intervención, pero en los siguientes cuatro minutos se dedicó a hablar de los vándalos, de las manifestaciones de violencia que hubo en algunas ciudades y de los hechos lamentables que ocurrieron al caer la tarde. Destacó el trabajo de la fuerza pública y su coordinación con alcaldes y gobernadores, para después anunciar capturas y rechazar los daños causados. No podían faltar lugares comunes como el tradicional “vamos a aplicarles todo el peso de la ley” y “somos un gobierno que escucha y construye”.

Si fuera verdad que el Gobierno escucha, como afirma Duque, entendería que, a una movilización multitudinaria en contra suya y un cacerolazo que por primera vez se toma las calles de todo el país, no se le responde con un reporte de la situación de orden público, la prontitud en la respuesta de las autoridades y varias frases carentes de contenido.

Si en realidad buscara construir con la ciudadanía, no diría que “a lo largo de la historia han surgido frustraciones que debemos resolver y que hemos venido atendiendo”. En cambio, reconocería la importancia de trabajar sobre inconformismos que se han generado en este Gobierno, en lugar de seguir mirando para atrás, como lo ha venido haciendo durante estos 15 meses.

Si hubiera honestidad en el discurso, no diría que “el diálogo social ha sido la bandera principal de este Gobierno”, cuando en lugar de crear espacios de diálogo y concertación, la preparación para la protesta fue militarizar Bogotá y hacer allanamientos en las principales ciudades. Por el contrario, se avanzaría en la defensa de intereses ciudadanos como la consulta anticorrupción, cuyos resultados el Gobierno fue archivando, la implementación de los acuerdos de paz y la protección de excombatientes y defensores de derechos humanos.

Si se tomara en serio el diálogo con la ciudadanía, no se buscaría ocultarle información, como lo hizo con el bombardeo que cobró la vida de al menos ocho menores de edad, y que solo salió a la luz pública en el debate de moción de censura al entonces ministro de Defensa.

Fueron cuatro minutos desperdiciados, en los que nuevamente se evidenció un Gobierno sin rumbo, sin una verdadera agenda de trabajo, desconectado de la ciudadanía. Es muy diciente que incluso voces del mismo Centro Democrático, como la del Representante Gabriel Santos, luego de la alocución presidencial dijera en su cuenta de twitter: “No era para hablar de la forma. Era para hablar del fondo.”

Y es que en esos cuatro minutos quedó evidenciado que a Colombia le está saliendo caro este Gobierno por encargo y que el radicalismo de la oposición de hace unos años no se traduce en buenas prácticas a la hora de tomar las riendas del país.

En fin, fueron cuatro minutos que le confirmaron al país que tenía toda la razón en volcarse masivamente a las calles.

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