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Analistas 05/05/2025

Tambores de guerra antidemocrática

Juan Pablo Liévano Vegalara
Exsuperintendente de Sociedades

Causa dolor, angustia y preocupación que el Presidente el 1° de mayo, de forma altanera y patológica, desenvainara y empuñara la espada de Bolívar y enarbolara la bandera de guerra a muerte de la independencia venezolana. Lo hizo de manera desafiante y amenazante, utilizando la misma simbología del chavismo -salvo que los guantes eran blancos- y con la misma intención: la revolución dentro de la democracia y la toma total del poder.

La conclusión de lo sucedido el 1° de mayo, desafortunadamente -y a pesar de que existen excepciones-, es que un guerrillero que alcanza el poder será siempre guerrillero. La meta del guerrillero amnistiado, cuando participa posteriormente en política, no es solo llegar al poder de forma democrática, sino también cooptar posteriormente las instituciones. De este modo, si fracasa la toma total del poder por las armas, la democracia se convierte en el camino para alcanzarlo y obtenerlo.

Petro develó lo que es: un dictador populista y demagogo, dispuesto a hacer lo que sea para conservar el poder (directamente o por interpuesta persona) e imponer su voluntad. Claramente, los mensajes del discurso siguen el mismo guión de Venezuela. La película es la misma de la Venezuela chavista, con sus símbolos e instrumentalización de la economía, los recursos públicos y la población para sembrar división y caos, eliminar la democracia y generar miseria. Esa película ya la conocemos, y es nuestro deber impedir que se repita en Colombia.

El lobo se quitó la piel de oveja. Petro clama por la “libertad y punto”. Quiere saltarse al Congreso, supuestamente por obstaculizar sus reformas, amenazando que, si no hay consulta popular, “el pueblo se levanta y los revoca”. Un ultimátum miserable, pues implica que, si las instituciones democráticas no se doblegan a su voluntad, deben ser cambiadas.

Calificó al Congreso como la “mortaja negra”, es decir, el sudario de la muerte, lo que no es más que la imagen del cadáver de la democracia, por supuestamente ir en contra del pueblo. El Presidente, creyéndose el único emisario de este, quiere convertirse en un “Imperator Caesar Augustus”.

Por todo lo sucedido, no hay duda alguna sobre la personalidad patológica del presidente. Se cree la reencarnación de Bolívar y el Mesías de Colombia. Afortunadamente, para nuestro país, somos más santanderistas que bolivarianos. Somos republicanos, y nos gustan los límites al poder y la división de poderes. No calan entre nosotros los gobiernos vitalicios y dictatoriales. Nos gusta la libertad, el orden y la supremacía de la ley. Por ello, Petro está arando en el desierto y, al final, se quedará solamente con sus seguidores fanáticos y prepagos, aun cuando le ha hecho y seguirá haciéndole un daño enorme al país.

Los colombianos no nos doblegaremos ante las amenazas y los tambores de guerra que pretenden destrozar la institucionalidad. Por eso, todo aquel que se considere demócrata debe rechazar las conductas y expresiones antidemocráticas del presidente y prepararse para depositar bien su voto en las elecciones de 2026. Igualmente, debe negarse a participar en la consulta popular, que es una estrategia politiquera y no ofrece soluciones concretas a los problemas del mercado laboral, como la informalidad y la baja productividad.

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