Con buen juicio, las primeras medidas adoptadas por los gobiernos nacional y territoriales han estado destinadas a robustecer el sistema de salud y a proteger a la población pobre y vulnerable. Se ha adoptado con celeridad la distribución de mercados y una expansión de los subsidios directos.

Pero si pensamos en la totalidad de la sociedad y en nuestra capacidad como país para recuperar nuestro nivel de vida una vez pasen los efectos del Covid-19, tenemos que pensar seriamente en mantener vivo nuestro tejido empresarial. Las empresas son la savia de la sociedad. Son el canal a través del cual los hogares detentan su sustento, obtienen los bienes y servicios que necesitan para satisfacer sus necesidades y son la fuente del empleo que dignifica la vida de las personas.

Perder el tejido empresarial, es una gran pérdida de capital social que tomará décadas reconstruir y traería consecuencias adversas para todos. Algunos creen que durante la crisis las empresas se pueden cerrar y cuando todo haya pasado, vuelven a abrir sin mayores dificultades. Pero las empresas son como las personas: necesitan alimento y movimiento para mantenerse vivas. Una empresa que cierra sus puertas y no genera ingresos, no puede mantener los empleos, pagar los sueldos, la seguridad social, los impuestos, los arriendos, o pagar a sus proveedores o sus obligaciones financieras.

Con el paso de los meses, las redes de proveedores y de clientes ya no contarán con los productos y servicios de esa empresa y los habrán sustituido por los de otra o simplemente los descartan, afectando la viabilidad de que esa empresa pueda volver a abrir sus puertas. Y si no lo hace, ni los empleos, ni los salarios, ni los impuestos, ni las compras que esta empresa hacía, se podrán recuperar. Por esto, así como entendimos que era urgente robustecer la capacidad de aguante de las familias, ahora es indispensable robustecer la capacidad de supervivencia de las empresas.

Los créditos no sustituyen los ingresos. Las empresas necesitan soluciones más audaces para sufragar las cargas que se espera de ellas y en particular que puedan mantener los empleos. Todos los empresarios quieren mantener los empleos y los ingresos de las familias vinculadas a ellas, pero si esta situación se prolonga, eso no será posible.

Por ejemplo, otorgar temporalmente la capacidad para reajustar los salarios y asegurar que más familias mantengan un ingreso, así sea reducido; aplazar o eliminar las contribuciones parafiscales mientras dure la crisis; y pensando en la reapertura gradual de la economía, adoptar un salario mínimo por horas con sus contribuciones de seguridad social por lo efectivamente pagado.

También se puede desplazar el pago del IVA un bimestre o dos si fuera necesario. Si se espera que las empresas financien los gastos durante la crisis con deuda y sin ingresos, el costo de ese esfuerzo debería ser lo más bajo posible, por lo que reducir las tasas de interés lo más cercano a cero, es indispensable. Además, de la mano del FNG, podemos pensar en financiación a través del mercado de capitales, con periodos de gracia entre uno y tres años, algo que a través de los bancos sería más difícil de lograr.

Para mantener los empleos, debemos asegurar la supervivencia de nuestras empresas y ello requiere de medidas audaces y rápidas.