Escribía mi padre hace unos días en Facebook, sobre la libertad. Los adultos mayores ante el encierro han tenido que apelar a un mayor cuidado y a ser muy estrictos con las salidas, los que pueden, porque un buen porcentaje de mayores de 70 años todavía tiene que salir a la calle a buscar cómo sobrevivir.

Según Colpensiones, Colombia cuenta con cerca de dos millones de pensionados; esto corresponde, según el Banco de la República, a un 23% de la población que debería tener pensión. Esta cifra en la misma investigación contrasta con países como Chile, donde se cuenta con una cobertura de más del 87%; y a tal cifra se añade que el 80% de los cotizantes lo hicieron por menos de dos salarios mínimos mensuales. Esta realidad conlleva que el adulto mayor dependa de lo que pueda conseguir o de lo que su familia le colabore.

En la antigüedad, y así funcionó durante muchos años, los hijos eran los encargados de velar por la vejez de sus padres; la inclusión de los derechos sociales y económicos llevó a los países a crear un sistema de ahorro individual, de la solidaridad entre generaciones, que era difícil garantizar; los países confiaron en que cada persona ahorrara para su vejez. En Colombia el sistema empezó siendo público y a partir de la Ley 100 los privados pudieron administrar dicho fondo. Aun así, la informalidad latente en Colombia ha hecho que sea difícil garantizar ese ingreso mínimo para la vejez.

La libertad ha sido el valor más transgredido durante esta pandemia; ante la sorpresa y la incapacidad de controlar el virus, muchos gobiernos optaron por encerrar la población y dejar a su suerte la economía. Dichas medidas fueron imposibles de sostener en largos períodos; la rebeldía de las personas (como en Estados Unidos y Alemania) o el presunto crecimiento inverso de los países, hizo que no se prolongara más de la cuenta. Sin embargo, dicha coerción sirvió para demostrar el gusto de varios mandatarios por el encierro y la necesidad de millones de ciudadanos que simplemente no pueden sentarse en su casa a esperar.

Con el encierro obligatorio va a pasar algo muy parecido a lo del sistema pensional: cada uno deberá velar por su salud, así como cada persona deberá velar por el ahorro en su vejez. El papá Estado ha demostrado ser muy mal padre en materia de administración, por eso el cuidado para la vejez y la administración de la libertad deben correr por cuenta de cada persona, a sabiendas de que ya existen mecanismos para la prevención de cada eventualidad.

El Estado ha hecho bien en crear las condiciones para que cada uno se cuide y planifique. De ahora en adelante, el uso de la libertad dependerá de lo que cada uno haga, como siempre ha sido su ideal; aquel que la use mal tendrá mayor probabilidad de resultar contagiado y aquel que haya ahorrado podrá tener la fortuna, incluso, de acatar las órdenes de seguir en su casa encerrado.