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El feminismo y su desenfoque

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Son recientes las imágenes que aparecen de cientos de mujeres protestando de manera airada en contra del “heteropatriarcado”. También se ha vuelto reiterativo el uso “incluyente” del lenguaje.

El feminismo ha sido un movimiento atomizado, puesto que sus propósitos y organizaciones han estado separadas a lo largo del tiempo; una de sus principales causas fue el derecho al sufragio a principios del S.XX, Edith Stein en Alemania, Emily Wilding en Inglaterra y Clara Campoamor en España fueron ejemplos de lucha a favor de este derecho después considerado fundamental.

La opresión por ellas vivida a lo largo de los siglos es innegable; confinadas exclusivamente a las labores del hogar salvo contadas excepciones, hizo que derechos como el de la educación, el derecho a ser madres solteras y al de participar en política se viera rezagado y hasta perseguido, bien entrado el siglo XX. Suena risible, pero hace unos pocos meses se permitió a las mujeres manejar en Arabia Saudita, solamente acompañadas por un hombre; este hecho demuestra otro elemento: en determinadas sociedades, sobre todo las regidas por Estados Teocráticos Islámicos como: Irán, Paquistán o Afganistán, las mujeres siguen siendo ciudadanos de segundo orden.

Estos ejemplos, muestran la dura lucha que han tenido las mujeres, y cómo todavía falta mucho por hacer. Sin embargo, resulta sorprendente que ante todos los retos que se presentan por delante, buena parte de esta lucha se esté convirtiendo en modas, donde lo importante es el uso del lenguaje.

La Real Academia Española se ha cansado de explicar que: “para los sustantivos que designan seres animados es adecuado el uso genérico del masculino para designar la clase, es decir, a todos los individuos de la especie… por ello es incorrecto emplear el femenino para aludir conjuntamente a ambos sexos” con ello: todos y todas, sencillamente es incorrecto. Lo triste es que esta lucha sin significado por el lenguaje, es aprovechado por la izquierda y los populistas para tratar de ganar afecto en este segmento feminista, y lo peor desvía la lucha frente a verdaderos problemas que afronta la mujer como la violencia o la falta de oportunidades laborales.

Luchar por la igualdad real es deber no solamente de un segmento sino de todo un programa de Gobierno. Casos como el de Madame Curie la primera persona en ganar dos premios Nobel, el de Edith Stein, feminista, filósofa, santa y doctora de la Iglesia, enaltecen realmente el papel femenino. Imitar a los hombres en sus defectos y cambiar hasta las canciones infantiles, solo hace que sus luchas pierdan enfoque y se queden en meras representaciones risibles que tristemente son instrumentalizadas; un gabinete representado por la mitad de mujeres es un esfuerzo loable, pero insuficiente; las verdaderas luchas están en la educación y en que puedan hacerse valer, más que por su género, por sus increíbles capacidades.

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