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¿La edad de la impaciencia?

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Juan Isaza Estratega de comunicación

En septiembre de este año, un estudio financiado por el Parlamento Europeo determinó que los menores de 34 años, en una escala de uno a 10, le daban a la democracia como sistema un 6,3 sobre 10 y a la “satisfacción sobre como estaba funcionado en su país” un 3,3. En un estudio que publicó hace un par de años la Universidad de Harvard, mostraba que, para las generaciones más jóvenes, elegir a los líderes de la sociedad por medio del sistema democrático era mucho menos importante de lo que lo era para sus mayores. El Washington Post comentó sobre este estudio que los grupos más jóvenes de las democracias occidentales no solo le daban menos importancia a “vivir en democracia” sino que una porción grande de ellos rechazaba las instituciones democráticas.

El conflicto generacional siempre ha existido. En la mayoría de las sociedades se ha vivido, históricamente, una mayor identificación de los jóvenes con el deseo de cambio y de los mayores con mantener o conservar lo existente. Han sido los más jóvenes los que en los últimos años han demostrado que muchas industrias y modelos económicos necesitaban ser replanteados y han generado rupturas históricas para grandes compañías y negocios. Lo que es nuevo es que la democracia como sistema comience a cuestionarse, es decir, que ya no sea percibida como la vía natural para lograr los cambios políticos.

Una hipótesis que podría explicarlo es la velocidad como valor clave para las nuevas generaciones, que han aprendido que todas las respuestas se pueden obtener a la velocidad de las búsquedas de Google. Es cierto que la democracia sigue procesos. Las leyes necesitan pasar por deliberaciones, concertaciones y debates hasta su aprobación e implementación, y en ello se pueden ir meses o años. En las recientes protestas que hemos visto en las calles de todo el mundo hay un factor común: la impaciencia. Si bien la cantidad de quienes salen a la calle no son comparables con los números de los votantes que han elegido al gobierno o al congreso, buscan que con fuerza e ímpetu se reemplacen los números de las urnas.

El uso que se da a las redes sociales tiene también una parte de responsabilidad en el entendimiento de las mayorías como sinónimo de democracia. Debido a que cada uno se ha ido creando su propia burbuja como resultado de seguir a quien tiene visiones políticas similares y bloquear al que piensa diferente, nos cuesta creer que pueda haber miles (o millones) que tienen una visión opuesta a la nuestra. La función de las urnas ha sido siempre mostrar las dimensiones reales de la opinión de unos y otros. Desde luego que las nuevas generaciones son más cercanas a las redes sociales que a las urnas y, con esto, la democracia como sistema puede resultarles mucho menos relevante. En julio de este año (meses antes de que estallara la crisis), un estudio de la Universidad Diego Portales determinó que las cuatro palabras con las que los jóvenes chilenos calificaban la democracia era: “falsa, injusta, no representativa y sorda”.

Si bien los factores son muy complejos, es importante seguir estudiando el tema para entender por qué en las nuevas generaciones puede estar creciendo el desencanto hacia la democracia como sistema. Pero, sobre todo, si estamos viviendo la disrupción del modelo democrático, ya sería hora de empezar a vislumbrar cuál puede ser ese sistema ágil, justo y sostenible que lo podría reemplazar.

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