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Los tecno-optimistas

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Un gran interrogante que siempre surge al hablar de la Industria 4.0 o Cuarta Revolución Industrial es qué va a pasar con el trabajo, cuál es su futuro. Esta incertidumbre viene siendo generada desde hace un tiempo por todas las innovaciones disruptivas que salen al mercado diariamente y que han puesto a tambalear a los empleos tradicionales.

De hecho, hasta los principales responsables de la revolución tecnológica como Bill Gates, Steve Jobs y Mark Zuckerberg han admitido en algún momento que el desempleo causado por la tecnología puede llegar a ser uno de los factores más desestabilizadores del siglo XXI. Para no ir más lejos, muchos partidos nacionalistas y antiglobalización han tenido su origen en el descontento y la frustración de los trabajadores de muchas industrias tradicionales, tanto en Estados Unidos como en otras economías avanzadas. El mismo Donald Trump ganó las elecciones utilizando un discurso a favor de la generación y protección del empleo tradicional.

Sin embargo, uno de los argumentos más poderosos que ha servido para demostrar que la tecnología sí crea más empleos que los que destruye ha sido precisamente la historia de la agricultura en Estados Unidos: según un estudio reciente de McKinsey, el porcentaje de la población dedicada a la agricultura cayó de 60% en 1850 a menos de 5% en 1970. Es una realidad que el trabajo en el campo se tecnificó al introducir el uso del tractor; además, la población del país siguió aumentando, la calidad de vida mejoró y efectivamente surgieron nuevos empleos en otros sectores de la economía.

En su libro “Sálvese quien pueda”, Andrés Oppenheimer define a los “tecno-optimistas” como aquellas personas que sustentan con argumentos que los avances tecnológicos siempre van a traer a la humanidad muchas más cosas buenas que malas, y narra, entre otros ejemplos, cómo la impresora y el uso del automóvil generaron más empleos, y cómo la proliferación de los cajeros electrónicos no acabó con los empleados de los bancos.

Uno de los factores clave de la implementación de nuevas tecnologías es la cantidad de empleos indirectos que se generan y subsectores que se desarrollan, llegando a consolidar verdaderas industrias. Continuando el ejemplo del automóvil, sin duda se afectó en su momento la industria del transporte ecuestre, pero se desarrollaron intensivamente varios sectores de la economía, como el petróleo y los combustibles, el acero, el plástico, el vidrio, entre otros, y algunos menos relacionados con la manufactura como el financiero y los seguros. Hoy a nadie se le ocurre transportarse a caballo para recorrer grandísimas distancias en poco tiempo, si tiene cómo acceder a un vehículo más rápido, eficiente y cómodo.

La Industria 4.0 ya está aquí. El gran reto siempre será la capacidad de adopción y de adaptación a las nuevas tecnologías, pues continuarán surgiendo a un ritmo más acelerado y cada vez serán más disruptivas. Mi recomendación es que siempre será mejor ver la vida con tecno-optimismo.

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