Una de las piezas fundamentales del análisis financiero es la tasa libre de riesgo. En términos simples, un activo libre de riesgo, y su tasa asociada, es aquel en el cual no existe incertidumbre sobre el retorno de la inversión. Para efectos prácticos, y en muchas aplicaciones, la tasa libre de riesgo se asocia a bonos públicos de corto plazo. En un mercado líquido, y bajo el supuesto de que los gobiernos tienen siempre recursos en el corto plazo para honrar sus deudas, títulos soberanos de corta duración disipan muchas de las incertidumbres relacionadas con el riesgo de los activos financieros: liquidez y cumplimiento.

No obstante, los bonos de corta maduración no son necesariamente el activo libre de riesgo para una inversión de largo plazo. Si un inversionista tiene como meta, por ejemplo, un ahorro a cinco años para comprar una casa, o a 12 años para un proyecto específico, los bonos de corto plazo no son necesariamente el instrumento libre de riesgo en la medida que dichos bonos están expuestos a cambios en la tasa de interés en el momento de su renovación. Para inversiones de largo plazo, títulos que no estén sujetos a riesgo de incumplimiento (default) y que permiten planear la inversión desde el momento inicial son lo más cercano al activo libre de riesgo. Los bonos de largo plazo tienen, no obstante, el inconveniente de estar expuestos al riesgo inflacionario: una promesa de un retorno nominal expone al inversionista a que un aumento en el nivel generalizado de precios lleve al título a perder parcial o totalmente su valor. En ese caso, el activo libre de riesgo es un papel de largo plazo indexado a la inflación, de tal forma que los inversionistas están cubiertos frente al riesgo asociado a cambios en el nivel de precios.

Si la política monetaria logra generar una inflación controlada y estable, el riesgo inflacionario deja de ser relevante y por eso en muchos países desarrollados los bonos a largo plazo, por ejemplo, a 10 años, son sinónimo de instrumentos libre de riesgo y considerados activos refugios.

En resumen, los activos libres de riesgo dependen, en últimas, de la inversión misma y de la capacidad de los emisores de operar y producir activos en mercados líquidos, con inflación estable y con bajo riesgo crediticio. Desde la crisis global financiera uno de los problemas de los mercados financieros ha sido la reducción en la capacidad de la economía mundial de producir activos libres de riesgo. Varias inversiones financieras que en su momento eran consideradas poco riesgosas, como la deuda pública de los países mediterráneos, terminarán sufriendo importantes desvalorizaciones por un agravado riesgo fiscal.

América Latina ha tenido siempre problemas para producir activos seguros. Y a pesar de que en la mayoría de los países de la región la época de inflaciones descontroladas parece superada, el actual deterioro de las posiciones fiscales genera dudas sobre la deuda pública. Brasil perdió el grado de inversión en 2015, los inversionistas dudan sobre la capacidad de México y Colombia de retenerlo, mientras Perú y Chile podrían extraviarse por el fuerte choque económico asociado a la pandemia y los posibles cambios institucionales. Sobra hablar de Argentina y en Venezuela. La falta de activos libre de riesgo a nivel global hace parte de la explicación del fenómeno de tasas negativas en bonos de largo plazo de algunos países desarrollados.