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La soledad de América Latina

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A comienzos de la década de los 60, el ingreso por habitante en Malasia, Singapur, Corea del Sur, Taiwán y Tailandia era muy inferior al de Colombia; entre un 25% y 70% por debajo.

Actualmente, Tailandia, el más atrasado dentro de esta lista de países asiáticos, tiene un ingreso por habitante 10% superior al de Colombia, mientras Malasia lo duplica, Corea del Sur lo triplica, y Singapur, el más rico de la lista, tiene hoy un ingreso seis veces superior al de Colombia.

Colombia y el resto de países de América Latina han visto como en las décadas más recientes, los países asiáticos, en otro tiempo más pobres y atrasados que los nuestros, nos han superado de manera asombrosa en materia de crecimiento, como si las economías asiáticas fueran en carros de Fórmula 1, y las nuestras en oxidadas carretas.

Supondría uno que el milagro de crecimiento asiático debería ser el más estudiado en nuestras latitudes. Si los países asiáticos lo han logrado, ¿qué nos impide seguir la misma ruta? Por un lado sorprende lo poco que sabemos y discutimos el milagro asiático en América Latina. Por el otro, lo poco que sabemos apunta a recetas difíciles, sino imposibles, de copiar, y otras que ya fallidamente hemos intentado.

Un trabajo reciente de dos profesores de Princeton (Itskhoki y Moll) muestra que parte de la receta de los países asiáticos ha sido políticas en favor de aumentar el retorno del capital (pro-business), promoviendo la inversión y las exportaciones, a costa de supresión de salarios, subsidios a algunas industrias específicas, a bienes intermedios y exportaciones, y una expansión de crédito a las firmas.

Itskhoki y Moll muestran que estas políticas pueden ser exitosas dado que llevan a la economía a superar fricciones financieras, y en últimas conducen a mayores salarios en el largo plazo.

Claramente, muchas de estas políticas macroeconómicas, como la supresión directa de salarios, implementadas en los países asiáticos bajo dictaduras, son inviables en nuestras democracias de América Latina.

Adicionalmente, en nuestro continente ya intentamos en el pasado políticas de promoción de industrias y exportaciones; políticas fallidas que terminaron en empresas de altas rentas, pero de baja productividad.

A primera vista es inviable copiar la receta de crecimiento que resultó exitosa en Asia. Al parecer, estamos solos. Debemos estudiar el milagro asiático con lupa, para entender que aspectos microeconómicos podemos efectivamente adaptar.

Nos enfrentamos al reto de pensar políticas que induzcan aumentos en el retorno capital, sin empeorar la distribución de ingreso. Una revolución en el mercado de capitales, que extienda el acceso al financiamiento de emprendedores y empresas, pequeñas y medianas, es un ejemplo.

También es importante pensar en temas puntuales, como por ejemplo, la forma como organizamos la producción. Parte de los ingresos de muchos trabajadores se gasta ineficientemente en costes de transporte, dado que empresas y trabajadores no conviven geográficamente. Parques industriales donde vivan los trabajadores, pueden redundar en mejoras el bienestar y menores costos laborales.

En un momento, como el actual, donde algunas economías de la región como Venezuela y Argentina, están en implosión o en caída libre, la agenda de crecimiento tiene que ser prioritaria, minuciosa en el detalle, y adaptada a nuestras restricciones de economía política. Estamos solos en el diseño, pero no tenemos que estarlo en los resultados.

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