Uno de los deportes nacionales es el tema del día. Casi todos los días el país se enfrasca en discusiones casi siempre estériles sobre algún tema, escándalo o acontecimiento que distraen la atención de reflexiones y discusiones de más largo aliento y relevancia.

El Congreso no está exento a dicha costumbre. Ya lo vivimos con la Ley de Financiamiento cuando la iniciativa y creatividad parlamentaria nos llevó a discutir día tras día nuevos articulitos tributarios. Algunos sin sustento y nacidos del afán populista, como el de la sobre tasa de renta a las empresas del sector financiero, terminaron siendo aprobados a pesar de ir en contravía del espíritu inicial y general de la Ley de Financiamiento.

Lo mismo está ocurriendo con el Plan Nacional de Desarrollo. La discusión del articulado se ha vuelto una cobija de retazos, desconectada de las Bases del Plan Nacional que buscaban darle una coherencia con un sustento juicioso de diagnóstico sobre los problemas más relevantes del país. Cada semana aparece nuevas propuestas de origen y naturaleza diversa que nos obligan a tener un tema del día: hace poco tuvimos el tema de aranceles a las importaciones de textiles, esta semana fue turno para la discusión de traslados desde los fondos privados de pensiones a Colpensiones, mañana quizás la reducción del IVA a los combustibles. Todos temas que desgastan y desorganización la discusión. Las Bases del Plan se han convertido en un elefante blanco, enciclopédico y meramente académico frente a la discusión del día a día que sin hilo conductor empuja la discusión del Plan Nacional en direcciones impredecibles.

La explicación que se ha dado a este fenómeno es que las discusiones en el Congreso responden a tener una democracia realmente activa, donde las fuerzas políticas debaten sus ideas sin alinearse como resultado de la mermelada. Esta explicación se queda corta. En últimas la calidad del debate político refleja, la falta de visión y preparación de algunos congresistas, en lo individual, pero en lo colectivo, y de forma más importante, la falta de partidos ordenados y cohesionados alrededor de una agenda de políticas públicas.

Los costos y riesgos de este equilibrio son altos. Por el lado del costo, es evidente que parte importante de la energía del sector privado se tiene que gastar en acompañar, vigilar, refutar y socializar cada una de las discusiones en el Congreso. El costo de vigilancia es alto dado que el sector privado tiene que estar en permanente estado de alerta para que en el debate legislativo no se proponga un nuevo articulito que termine convertido en un mico. Los riesgos de que en el Plan Nacional de Desarrollo, y en las próximas reformas cruciales para el país, termine siendo aprobado algún adefesio legislativo son altos. Varios artículos de la Ley de Financiamiento dan ejemplo de esto.

La polarización del país no contribuye a que los partidos se aglomeren en torno a diagnósticos serios y propuestas de reformas de carácter estructural. La actual discusión del Plan Nacional de Desarrollo sugiere que es necesario repensar la utilidad y funcionalidad de implementar un programa de gobierno mediante planes como se ha venido haciendo en el país. Por el momento, estamos abocadas a seguir cada una de las discusiones del día, a la espera de que no se filtren nuevas iniciativas que vayan en contravía del desarrollo del país.