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En el marco de la reunión de las Naciones Unidas, en Nueva York, el presidente Donald Trump tomó la determinación de cambiar el nombre de la “Inteligencia Artificial” al de “Súper Inteligencia”. En el mismo anuncio, ordenó al gobierno estadounidense en adelante referirse a dicha tecnología en todo acto del Estado bajo su nueva denominación. La consideración que lo motivó, es una: “tecnología superior, extrema o suprema” y no tiene nada de artificial, es una supertecnología, y por eso debe honrarse con un nombre que aluda a sus bondades de forma “elegante y precisa”. ¿Una salida en falso del Presidente, o un manejo quirúrgicamente calculado de la opinión pública en razón a favorecer los intereses de la nación?
La inteligencia artificial ha venido relacionándose en la opinión pública, mediante rumores y predicciones de sus propios creadores, con el fin de la humanidad. Se ha llevado a entender que de la mano de agentes, multiagentes, agentes maestros, inteligencia artificial generativa -la que se da su propio código sin intervención humana, se desplazarán millones de empleos en el mundo entero. A su vez se nos ha llevado a pensar que, en una segunda etapa, la misma inteligencia artificial que hoy usamos será más inteligente que los humanos de forma individual, pero que agrupada su inteligencia se multiplica, tal y como el interés compuesto. Que dicha inteligencia que hoy entrenamos en la necesidad por ser competitivos como individuos e instituciones y naciones, después será entregada a los dueños de las compañías de los robots, que ya hoy corren más rápido que los humanos y realizan cirugías con mayor precisión.
Como si lo anterior fuera poco, también se nos llevó a avizorar que todo esto ya no tiene punto de retorno, y que a lo anterior se le inyectarán anabólicos entendidos como la computación cuántica, que hará que todo lo antedicho suceda más rápido. A los que consideraron que era sencillo frenar la tecnología utilizando posibles acuerdos anticompetitivos de obsolescencia programada, los investigan ahora por prácticas anticompetitivas, y, de otra parte, a los ambientalistas que pintan todo de verde les plantaron la necesidad de más energía y agua, sin importar de dónde venga, para alimentar los datacenters que son el corazón de dicha tecnología, con el argumento de la preponderancia de la seguridad nacional por sobre cualquier otro derecho. A los que proponen la regulación, les castraron y les indicaron que la regulación implicaba perder la batalla y con ella perder la guerra contra China. Los bélicos calculan que las guerras hoy ya se libran, y cada vez más, con terribles robots apoyados por inteligencia artificial, o hibridados teledirigidos por gamers.
De otra parte, los pensadores profundos y sociólogos nos están diciendo que también se avizora una crisis en la salud mental, porque si los humanos son desplazados por la eficiencia y eficacia generada por cerebros artificiales y robots potenciados por la computación cuántica, la humanidad carecería del propósito que hasta ahora los define. Así, un ser humano sin propósito tendría una anulación de la identidad, lo que a su vez generaría una crisis humanitaria de la mano de enfermedades relacionadas con la salud mental, como la depresión.
Entonces, ¿a qué obedece el rebranding de la “Superinteligencia”? Me atrevería a pensar que el presidente Trump ha tomado una decisión coherente con su política pública: al cambiar de nombre a la tecnología, dejó atrás todas las concepciones y percepciones negativas de la misma aquí descritas y grabadas en el colectivo humano, asociadas al primer nombre, “inteligencia artificial”. De paso, le ayudo a una industria que se perfila como campeona nacional, y a sus campeones que se preparan para IPO´s trillonarias. También desligó, de un plumazo, la afinad visual de la marca de Anthropic con la AI. Por ultimo, señales se vienen otorgando en cuanto a que es posible que esa industria y sus conexas como los datacenters, se conviertan se conviertan a capital mixto, en el futuro próximo. Es decir, la directriz es una carambola a tras bandas.
Las noticias hoy hablan en términos bíblicos del fin de la humanidad. Pareciera entonces a lugar recordar reseña mística, para recordar que solo cuando Abram de 100 años, se llamó Abraham, y Sara de 90, Sarah, pudieron tener hijos. Tal vez el cambio de nombre sea el punto de retorno de la tecnología en beneficio y servicio de la humanidad y en pro de la victoria de Estados Unidos por sobre la guerra contra la China y sus aliados. “Quien gane la IA, gana”. Donald J Trump.
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