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Polígrafo y corrupción

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Ha dicho el Gobierno que la generalización del uso del polígrafo contribuirá a la lucha contra la corrupción. Este tipo de afirmación es la expresión, al mismo tiempo, de una profunda ingenuidad, de una notoria incultura, y de un evidente desespero ante la incapacidad de encontrar medidas que permitan combatir la corrupción.

Al pretender que el polígrafo es un remedio adecuado para luchar contra la corrupción, el Gobierno pone en evidencia el desconocimiento que tiene de un fenómeno complejo, que no se puede resolver por fuera de la dinámica de la acción humana.

La corrupción está ahí y, de una u otra forma, seguirá ahí. La lucha contra la corrupción es un proceso continuo de ensayo y error, en el que la sociedad va diseñando mecanismos y creando incentivos que buscan que el comportamiento de los individuos se mueva dentro de unos parámetros que, en un momento y en un espacio determinados, se consideran buenos. Sueñan quienes predican la “corrupción cero”. Las zonas grises que siempre existirán entre los comportamientos legales e ilegales son imborrables, y los movimientos, más o menos censurables, en una y otra dirección, son la condición necesaria para la construcción de instituciones y para la reformulación permanente de la normas.

En su lectura del premio Nobel de economía, ¿Pero Quién Vigila a los Guardianes?, Hurwicz nos recuerda dos comportamientos alternativos de los seres humanos. Uno inspirado en los diálogos de Platón, expresa el ideal de cualquier ética trascendental. Glaucón está conversando con Sócrates, y se preguntan por las razones del comportamiento de los guardianes que se emborrachan. Puesto que es absurdo que un guardián requiera de otro guardián para impedir que se emborrache, la persona por ella misma tiene que decidir si prefiere ser borracho o guardián. No hay duda que esta solución de primera instancia es la ideal pero, desgraciadamente, no es real. No es posible.

El segundo tipo de comportamiento, habitual en los seres humanos, lo refleja bien Juvenal, el satirista romano, cuando expresa su desconfianza por los guardianes que terminan siendo amantes de las esposas a quienes vigilan. Y, peor aún, tampoco se puede confiar en los guardianes de estos guardianes.

El diseño institucional, concluye Hurwicz, tiene que hacerse bajo el supuesto que cualquier individuo puede marcar las cartas si tiene la oportunidad de hacerlo. En la realidad los seres humanos necesitamos guardianes de guardianes. Y más aún, la sociedad necesita guardianes de los guardianes de los guardianes. Para evitar una regresión infinita, en algún momento tiene que haber cierre. Pero esta última instancia (tercera, cuarta, quinta…) tampoco es perfecta. Y lo más grave es que un presidente de la instancia de cierre – la Corte Constitucional en el caso colombiano – también puede ser un corrupto.

Las advertencias de Hurwicz evitan caer en la tentación de soluciones tan facilistas como el polígrafo. En lugar de andar pensando en polígrafos, el gobierno debería comenzar por retomar las preguntas esenciales que siempre se ha hecho la humanidad y que, como la corrupción, nunca tendrán una respuesta definitiva. Las alternativas ideales son engañosas. En su afán por diseñar una sociedad buena, Platón imaginaba que podíamos ser gobernados por una especie de filósofos que tuvieran la virtud de anteponer el bien común al bien particular. El problema radica en que estos seres tan extraordinarios no son reales.

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