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Indignación y sentimiento moral

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La filosofía moral siempre ha vivido la tensión entre la deontología y el consecuencialismo. Este conflicto se manifiesta de diversas maneras en los hechos de todos los días. Para la deontología lo correcto prima sobre lo bueno. Desde el punto de vista del consecuencialismo, lo bueno tiene más relevancia que lo correcto. La deontología le da mayor relevancia a los procedimientos, y el consecuencialismo, a los resultados. El consecuencialismo llevado al extremo es un horror moral, porque el fin termina justificando los medios. La posición deontológica pura también lleva a horrores morales: abundan los ejemplos en los que la razón y el deber de Estado terminan aniquilando a los demás.

La deontología en su expresión más acabada postula imperativos categóricos kantianos, así que el individuo debe obrar de tal manera que su norma moral individual se pueda proponer como ley universal. La razón se lleva hasta sus límites posibles. Esta línea de argumentación, que se nutre de las teorías contractualistas, tiene su expresión más acabada en Kant, y su versión contemporánea más reciente en Rawls. Su afán se centra en la búsqueda de una teoría perfecta de justicia. El consecuencialismo destaca la importancia que tiene el sentimiento moral. Una de sus principales fuentes de inspiración es Smith, y recupera los aportes de autores como Hume y Benthan. El libro de Sen, La idea de la justicia, es el final de esta tradición. Se trata de un hermoso homenaje a Smith. En opinión de Sen, en el proceso de construcción de una sociedad justa, las teorías perfectas de justicia no son ni necesarias, ni suficientes. La indignación frente a lo que consideramos injusto se convierte en un poderoso incentivo que contribuye a combatir las injusticias. La persona que protesta no necesita tener claridad sobre las características que debería tener la sociedad ideal. Los manifestantes de la Plaza del Sol en Madrid, que se indignan contra los banqueros y los políticos, no conocen cuál sería el orden financiero perfecto, ni el equilibrio de poderes óptimo. Protestan indignados porque después de entregar el apartamento a los bancos, les siguen cobrando el saldo de la deuda. Y esta ira tiene la fuerza necesaria para exigir un cambio del actual orden financiero.

Los seres humanos nos movemos entre la deontología y el consecuencialismo, dependiendo de las circunstancias y de la forma como nos coloquemos frente al hecho. Mientras Mockus actúa como un deontólogo puro al afirmar que los votos no se compran, Lincoln compra votos para liberar a los esclavos. Mientras Ordoñez, juzga las negociaciones de La Habana a partir de imperativos categóricos, y pide la pena máxima para los guerrilleros, Montealegre guiado por el sentimiento moral, considera que el acuerdo debe ser de tal naturaleza, que los guerrilleros puedan participar en la vida política. Desde esta perspectiva, para lograr la paz, diría Derrida, hay que “perdonar lo imperdonable”.

Dependiendo de las circunstancias, la balanza se inclina hacia la deontología, o hacia el consecuencialismo. El conflicto, diría Sen, únicamente se resuelve mediante el sentimiento moral. Los niveles de indignación frente a los hechos van cambiando. Y en este proceso complejo y contradictorio vamos construyendo sociedad. En su manifiesto Indignaos, Hessel no entiende por qué los jóvenes europeos no protestan más. Valdría la pena que nos preguntáramos por qué en Colombia, frente a hechos como las interceptaciones que ha realizado la campaña del candidato Zuluaga, el sentimiento de indignación es tan débil.

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